Por qué me indigno

Pocas cosas pueden ayudar a digerir seis horas y media de divagaciones sobre las relaciones entre la UE y Rusia. Pero la curiosidad de Lubomir Zaoralek, vicepresidente del Parlamento checo, logró sacarme del estrangulamiento mental. Tras los tres paneles del Foro que se celebró en Varsovia, compartimos estofado y ensalada con otros dos comensales en el jardín del Sejm (Parlamento polaco). A pesar de que algunos otros temas saltaron al mantel, el socialista checo volvía una y otra vez a su interés por las causas de la indignación española. “¿Por qué están saliendo a la calle en Madrid?” “¿Qué está pasando en la Plaza de Sol?” “¿Qué puede salir de todo eso?”.

Primero me sentí halagado, como se hubiera sentido cualquier compañero de armas, por el interés del parlamentario, que iba más allá de la curiosidad de un biólogo para reflejar la simpatía de un camarada. Sin embargo, a pesar de ser español, ser de la misma generación y ser un “indignado” convencido no desde hace un mes, ni tres meses, sino desde el año pasado cuando ya me empecé a mover contra el desempleo juvenil, me sentí incapaz de ejercer de portavoz de la furia española. No tanto por la distancia física con la que he tenido que disfrutar el 15M. Desde aquí también asistí a la protesta en la que había que participar, presioné a la Comisión Europea para que mostrara su simpatía cuando debía apoyar, y sugerí al Comité Económico y Social Europeo que contactara con los indignados cuando debía actuar.

Mi incapacidad se debía a que la ensalada de objetivos que puebla la plaza me ha hecho dar un paso atrás. Puede ser que tengamos intereses comunes, pero no las mismas prioridades. Terco de mí, hasta ahora pensaba que lo prioritario para nuestra generación era la falta de oportunidades que hace cada día más real la maldición de una generación perdida. No es sólo un trabajo, sino también es una vida digna que no deje cicatrices en nuestro futuro, lejos del nido familiar y cerca de la familia que nosotros queramos crear. Una lucha que no es exclusiva de un grupo de edad, porque seremos nosotros los que pagaremos la pensión de los que ahora caminan por la cuarentena; y son nuestros abuelos y abuelas los que se amargan al ver cómo nuestros mejores años cogen polvo en el sofá.

Pero el popurrí que se ha visto en la calle, un travestismo asambleario controlado por la tiranía del megáfono, amenaza con marchitar lo que debía haber sido la primavera española. Mientras los medios internacionales como el Financial Times o el International Herald Tribune interpretaban que salíamos a la calle para protestar por este presente que nos cierra las puertas, nosotros pedíamos la reforma de la ley electoral, la eliminación del Senado, la limpieza en las listas de candidatos corruptos o el fin del duopolio PP-PSOE.

Objetivos tan dignos como lógicos. Debemos tener un sistema más proporcional para que los particularismos de unos no secuestren el bienestar de TODOS , y la partitocracia no enquiste el espíritu crítico y participativo que todos tenemos. Pero no cargarnos el Senado, sino reformarlo para que sea una cámara finalmente territorial (para disgusto de algunos, España es un país con diferentes sensibilidades que deben tener voz y voto en la legislación que compartimos). Que Camps repita con mayoría absoluta, mientras chapotea cada día más en sus corruptelas de mafiosillo de tintorería de Little Italy, causaría una úlcera hasta al más templado de los budistas. Y debemos gritar, hasta quedarnos afónicos, para reclamar que los 1.560.000 millones de euros con los que hemos pagado todos en Europa la glotona avaricia de los banqueros se devuelvan. Y los culpables, desde luego, a la cárcel.

Pero estas causas no cambiaran el drama del que somos prisioneros. Y sólo se gana cuando se sabe cuál es el enemigo que está al otro lado del frente. Si los árabes luchaban contra Mubarak, Gadafi, Ben Alí, Saleh o Asad, y nuestros padres contra otra dictadura “yo me  indigno porque nos han robado el presente, y nos quieren quitar la oportunidad de recuperarlo”, dije al socialista checo. Lo hacen los que dicen que estamos “boicoteando la democracia”, los mismos que disparan contra nuestra indignación como hicieron antes contra nuestra indiferencia. Pero también los que se aprovechan del ruido para terminar con el grito más genuino que se ha escuchado en la calle desde que pusimos los pies en ella por primera vez. Sol puede subir o bajar, veremos un nuevo amanecer o una noche aún más oscura.  Hoy, por fin, empieza a estar en nuestras manos.

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El año de la indignación

La casualidad, y la ONU, premiaron hace tiempo a este 2011 con el título del año de la Juventud. Y parece ser que, por primera vez, la letra de una burocrática elección encaja con el espíritu de lo que pasa en la calle en ambas orillas del Mediterráneo. Aunque con obvias diferencias, los jóvenes de aquí y de allí nos hemos alzado contra enemigos más poderosos por nuestro futuro. Los compañeros árabes tuvieron que mantener su grito de protesta contra los bombardeos de aviones, los cañonazos de tanques y las ráfagas de ametralladora, mientras en el lado europeo, y sobre todo en el español, nos hemos levantado contra enemigos que utilizan munición más correosa. La inercia de una clase política que no escucha sino sólo clasifica (o descalifica) como “antisistema” todo lo que propone una mejora de “su” sistema; contra el procedimentalismo administrativo que impide acampar para pedir un voto “responsable”, y permite aglomeraciones nocturnas para ver a un imberbe adolescente. Pero también contra nosotros mismos, contra la pereza y la apatía por pensar que mis gestos de hoy no cambiarán lo que me pase mañana, que mis pataletas harán un ruido que pronto se olvidará.

Tras la primera protesta de fogueo de los compañeros de Juventud sin Futuro, las concentraciones del 15 M han probado ser una bala directa contra la partitocracia. Nuestra generación, la mejor preparada de la historia, pero también la primera que corre el riesgo de vivir peor que nuestros antecesores, parece haberse dado cuenta que está viva. Que no es sólo la generación de Naranjito, del botellón o la ESO, sino la que planteó la pelea más complicada de todas las posibles: contra nosotros mismos. Seremos la generación del intentar llegar a ser, siempre probando, intentando, fallando, pero volviéndolo a intentar… Y siempre ganando un poco que, aunque no sea perfecto, será preferible. Es el derecho y el deber de nuestra generación a luchar, como otros lo hicieron, y otros lo intentarán.

Puede que nuestra indignación, nuestra imaginación y nuestra iniciativa no sea suficiente para lograr hoy lo que queremos. Pero si mantiene el aliento, la batalla de unos pocos terminará siendo la guerra de todos. Y así la victoria está asegurada. Feliz año de la Juventud.

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New York and me could have a bad romance

Siempre he pensado que las ciudades son como las mujeres. Aunque sin preocupaciones de celulitis o antiojeras, ellas también requieren tiempo para que se les pueda realmente poner una pica, más allá de futiles encuentros de fin de semana. Tras digerir en apenas 24 horas el atragantamiento etnosociogeocultural (y tantos prefijos como se quiera añadir) de pasar por cuatro metrópolis, tres lenguas y dos continentes, no sólo confirmo mi teoría, sino que con la perspectiva del viajero que enfila el camino de vuelta desde Nueva York concluyo que con las urbes se experimenta también, como con las mujeres, malos romances.

Y la que más sueños amputados colecciona entre sus curvas de cemento y el “glitterío” (spanglish registrado) de Sarah Jessica Parker es precisamente Nueva York, “la ciudad que cada día mastica y escupe a cientos de personas”, como dice mi amigo David. Él no es uno de ellos, pues sobrevive como un genuino Mad Men agarrado en plena sexta avenida al mástil de BBDO, nada menos que la número uno entre las agencias de publicidad del planeta. Y en compañía de mi Virgilio neoyorquino, y su IPhone 4,  descendimos durante una semana sus ocho anillos hacia el alma que nunca descansa.

Porque si para el que visita por primera vez esta ciudad se trata de subir a toda piedra, acero o cristal que se levante del suelo para disfrutar de las vistas de la Gran Manzana, incluido el agujero que dejaron los gusanos de Al Qaeda, los que realmente quieran intimar con Nueva York deberán pararse, pringarse y finalmente enmudecer.

Siete días que dan para ver cómo las mujeres son las tarzanas en esta jungla, donde disfrutan del cortejo, tarjeta de crédito en mano, de voluntariosos emprendedores.com o tragantuas financieros en terrazas en el piso 40 de un lobby del Midtown o en restaurantes de la Quinta Avenida, transformados en pasarelas para el abordaje con las horas de la madrugada. Tiempo en el que uno presencia cómo Michael Jackson vuelve a la vida caminando hacia atrás, con todos sus boys de Neverland incluidos, en una fiesta de cumpleaños de un guionista de cine porno gay, agraciado con la visita de maestros(/as?) del travestismo en las cachas de Liza Minnelli y otra decorada con una flamígera peluca naranja, en una de las enmoquetadas residencias de los buscafortunas que se abren camino en esta isla del tesoro.

Días paseando Broadway arriba y Chelsea abajo, en apartamentos con horror vacui, eso sí de diseño, donde se desayuna prosecco, se disfruta de Bossa Nova con las gafas de sol puestas en el salón, y se adivina a través de las ventanas las casas de ladrillo con las escaleras de incendio como orgullosas cicatrices de hierro.

La opulencia de Park Avenue, el pretencioso desenfado del Soho, la generosa energía de la comunidad gay o la devoción templaria de los habitantes de Manhattan por el deporte, que profesan en los recuperados paseos a lo largo del West Side, el nuevo High Line o el pulmón de Central Park. Oportunidades para disfrutar en el Carnegie Hall con una selección cargada de tensión sentimental y dinamismo con la Orquesta Filarmónica de Filadelfia, charlar con el embajador de la UE ante la ONU presumiendo de las vistas desde su oficina, espiar la conversación de una difícilmente reconocible Umma Thurman en un bar afrancesado en el Greenwich Village, e incuso para asistir a The Daily Show de John Stewart, el presentador de noticias con más credibilidad precisamente porque no es un noticiario, y que dispara con el mismo calibre de sarcasmo contra Obama y los republicanos. Y ya que uno va solo al plató aplaude, ríe y vocifera como el más americano entre los (no) americanos, sobre todo cuando aparece para la entrevista final Condoleezza Rice, “sorprendentemente encantadora”, como dice Stewart una vez se va.

Pero no es la belleza lo que se esconde en el interior, ni en el caso de Rice ni en el de ningún otro homínido, sino más bien todo lo que no se puede contar en una sobremesa, como decía Wilde. Nueva York da demasiado de estos secretos e intimidades en siete días, los mismos que alimentan los malos romances, una guerra sin control ni prisioneros. Y ya sabemos desde la primera vez que levantamos las palmas y dejamos de gatear que la pérdida de control nos fascina. Así que tras esta visita exploratoria, y con la mirada puesta en el aterrizaje definitivo, New York “you and me could write a bad romance” (con el permiso de Lady GaGa).

 

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Despedida con la arena en los pies

Sentado en la Terminal de Tel Aviv, tras media hora larga de interrogatorio con la seguridad, y husmeo de mi mochila, además de dejarme con los pantalones en los tobillos (nada demasiado indigno en su metódico ritual) toca cerrar la cuenta y pensar que el cuento se acaba. Ha sido una historia de 25 días, tan increíble y surrealista que me ha resultado difícil de narrar cuando me veía contándola en su totalidad o en partes.

Caso práctico de hoy: ¿cómo creer a un mochilero que llega con arena en los pies al exigente escaneo de maletas israelí si el viajero cuenta que es periodista y que ha realizado horas antes una entrevista al viceprimer ministro del país y responsable de Inteligencia, Dan Medidor, quien le invita encima a desayunar en el hotel Hilton? La agente me compra la versión en un acto de fe, sobre todo cuando se sorprende de que nadie me haya pedido mi acreditación de periodista en casi un mes hasta ese momento, la cual no le puedo enseñar porque me la olvidé en Bruselas.

Con la maniobra de disuasión de Medidor, cuya voz en la grabadora ofrezco como salvoconducto, y que viene acompañada de una bandera de Israel en la mochila y el crucifijo que me regalaron las monjitas coptas, no se entretienen en indagar sobre mi tour alrededor de Palestina.

Qué decir de Cisjordania. Ahí tenemos Ramala y su boom del ladrillo impulsado por la ayuda internacional, salpicado de bares del nuevo pijerío, que recorro en compañía de Koussay, portavoz de la misión de la UE en Palestina para entrenar a los policías y dar sentido a las palabras Estado de Derecho. Koussay me acoge en su casa y me invita a comer en el restaurante más valorado de la ciudad, donde coincidimos con el embajador argentino, habilidoso al desplegar todo el encanto natural de su tierra con el que adorna una charla amistosa.

En Ramala hablo con el resto de los responsables de la misión europea en su cuartel general, a quienes agradezco que aparquen el lenguaje políticamente correcto y entren a cuchillo contra unos y otros. Uno de ellos, Tomás, un admirador del Estado de Israel hasta llegar intencionadamente a la provocación, y profundo creyente del paganismo, me devolverá en coche blindado hasta Jerusalén sorteando los check points gracias a su pasaporte diplomático. Pero antes visito también el centro de operaciones de Saed Erekat, jefe de los negociadores palestinos, donde discuto con Xavier, uno de los miembros de su equipo de madre chilena, los fallos del pasado y lo que puede pasar en el futuro.

Al día siguiente visita a Hebrón en compañía de Yehuda, cofundador de la ONG de los soldados israelíes Breaking the Silence. Los asentamientos de colonos en el centro de la ciudad y el consecuente blindaje de los soldados israelíes y controles han convertido el centro de la segunda urbe palestina en una ciudad fantasma, y muestra en miniatura de lo que sucede en el resto de Palestina. El prudente Yehuda, que con su perfil de Peter Jackson con kipa y menos años (27) de los que aparenta, no quiere poner adjetivos a lo que sin duda se mueve entre la limpieza étnica y el aparheid. Impresiona, y vivimos algo de “acción”, como dice Anders, otro de los miembros del tour, cuando entramos en un careo con un grupo de policías israelíes que dicen que hemos invadido un asentamiento, o cuando un grupo de niños colonos nos empiezan a increpar.

Nada de “acción” en comparación con lo que Anders, periodista de la BBC, debería vivir en Afganistán, adonde se desplaza habitualmente como jefe del servicio en el medio británico que cubre el país en media docena de lenguas.

De allí visita a Belén, adonde me acompaña Anders y, tras la visita de rigor a la Iglesia de la Natividad nos tomamos el café con Fayed Saqqa, diputado palestino al cargo de las relaciones con Iberoamérica. En un perfecto español, por haber estudiado en la Complutense y estar casado con una española, Saqqa dispara contra unos y otros: por supuesto israelíes, pero también contra su criticado primer ministro Fayad, demasiado tecnócrata para el sentimiento de resistencia palestino, contra su partido Fatah y contra la UE, buena sacando la chequera, pero en poco más. Vuelta a Jerusalén y desde allí al día siguiente las últimas horas en Tel Aviv con Meridor y la playa.

En el camino, en todos estos “post” del blog, se han quedado encuentros casuales por contar o amigos por presentar. Como Daniel, el estadounidense originario del único pueblo del mundo que disfruta del moonbow (arcoiris con luz de luna) y a quien le regateo la camiseta de Hezbolá que se quiere llevar de vuelta a Kentucky. O la historia con Sterling, el capitán de la compañía cazatesoros Odyssey que apresó España, y cuyo caso denunciamos con otro compañero hace tiempo en la Gaceta ayudando a que la historia cobrara relieve, y que la casualidad (tan presente en este viaje) ha querido que me encuentre años después en un bar de bocadillos en Beirut, sin saber él con quién compartía cerveza.

Quedan muchísimos otros apuntes como, por ejemplo, lo rutinario que resulta ver a los veinteañeros israelíes con los rifles colgados como riñoneras paseándose por el centro de Jerusalén Oeste en compañía de sus novias o comiéndose un helado. O los tecnoultraortodoxos; o la generosidad del grupo de jóvenes pilotos jordanos que me encuentro comiendo pollo en Ammán, que a pesar de su pinta de malotes se despiden diciéndome que soy una buena persona (la ignorancia es tan atrevida); o el sincero acogimiento de los sirios.

Tan sólo 25 días para cinco países es poco tiempo, pero suficiente para llegar una rotunda conclusión. Si quise venir a esta región para conocer sobre el terreno el conflicto de Oriente Medio, y sobre todo ver las caras y las historias de la gente que está detrás a un lado y a otro, veo ahora claro el precio que he tenido que pagar. Porque, roto el cordón de seguridad y ahora que las emociones han terminado con el confort de la aséptica distancia, la próxima vez que se líen a tiros y pedradas no podré ser imparcial, con ninguno de los dos lados. Y, sobre todo, me dará pena, demasiada pena.

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Rifles y cruces

Israel es religión y conflicto, si no la misma cosa. Es el motivo de mi viaje: conocer on the ground las experiencias y emociones de la gente y los lugares que tantas veces he leído y he cubierto (y seguiré haciendo) a través de las agencias o en asépticas ruedas de prensa desde Bruselas. Pero también son las monjitas de mi niñez, los libros de religión con el forro despegado y las páginas pintarrajeadas por el aburrimiento. Por eso, al entrar en esta tierra, la de los israelíes y palestinos, se siente un pinchazo en algún lugar del pecho (aún por identificar).

Y como se debe entrar fresco de mente, y de espíritu (que es lo que toca), hago una parada en boxes en el río Jordan antes de cruzar la frontera, y visito el lugar donde bautizaron a Jesús. Lugar especial para los cristianos hoy salpicado de iglesias y transformado en un (aún digerible) Disneyworld para los religiosos. Llego acompañado de Misho, un japonés que ha dejado su trabajo en un resort de su país para dar la vuelta al Mundo antes de empezar su “proyecto secreto”, del que no le logro arrancar una palabra aparte de que no se trata de destruir el Planeta. En el viaje desde Amman hasta el río, actúa tan hiperactivo contando sus historias y necesidades que nos machaca el hombro dándonos toques de cortesía al conductor y a mí, y se ofrece a visitarme en Bruselas tras la promesa de presentarle bellezas europeas, especialmente rusas, por las que al parecer siente una debilidad especial.

Preparado para cruzar la frontera israelí naufrago en un mar de dudas y no hay Moisés que sea capaz de abrirme un camino. Obviamente decir que soy periodista retrasará mi entrada durante horas. No decirlo me cerrará la puerta a usar los contactos que tengo en la embajada en España y aquí, siempre útiles si la cosa se alarga. No ayuda llegar ante el mostrador de la joven soldado israelí, que se muestra dura con mis antecesores (una pareja francesa) con dos sellos sirios en mi pasaporte y otro libanés. Y menos aún con dos pegatinas de Hezbolá en mi libreta, el colgante palestino que me regalo Montasser al cuello y todavía las fotos en mi móvil de la bizarra expo de Hezbolá con la frase de “Israel, enemigo de la Humanidad”.

Cosas de la vida, uno llega tranquilo, sobre todo cuando compruebo que entre sonrisas, y un eco de flirteo, la soldado se empieza a liar con mi nombre (tan útil en casos como éste) y me estampa el sello tras dos escuetas preguntas de rigor (motivo de la visita “turismo” y si voy a visitar Cisjordania, a lo que respondo que sí usando como excusa mi memoria cristiana para visitar Belén).

Llegada a Jerusalén. Y tras dejar el equipaje con Eli, dueño de un hostal con la sonrisa bonachona de los abueletes de Disney al que no me cuesta nada arrancar el favor, salto directo a la acción a una manifestación antihomofobia por las calles de Jerusalén Oeste, para recordar la muerte de dos jóvenes gays hace un año. Y allí, ecce homo, agarrando la gran bandera del arcoiris en compañía de Aya, mi couchsurfera israelí que me acoge durante las tres primeras noches.

Primeras 24 horas intensas, porque con ella también iré al día siguiente a otra manifestación contra la ocupación de viviendas palestinas por colonos israelíes en Sheik Jarrah. Allí, entre jóvenes y no tan jóvenes, conozco de casualidad a Gideon Samet, prestigioso columnista del diario Haaretz, con quien charlo un rato sobre la solución a los problemas de los colonos. En la noche Aya me lleva a la fiesta de cumpleaños de una amiga, donde la charla continúa con personajes interesantes del mundo de las ONG y la actividad política de la Nueva Izquierda israelí.

Pero no sólo del conflicto vive en hombre, así que el día de sabbath lo paso en compañía de mi antigua compañera y amiga Laura, a quien me encuentro de nuevo de casualidad en las calles de Jerusalén, y más tarde con Rachel. Con esta couchsurfera disfruto de un interesante paseo vespertino por la ciudad vieja y alguno de los Santos Lugares. Me lleva al Hospicio austriaco, un oasis europeo cercano a la bulliciosa puerta de Damasco, donde se paga con euros los expressos a la maniera italiana y se disfruta de unas vistas recomendables desde el tejado de la parte vieja de Jerusalén. Robamos una foto en el blindado Muro de las Lamentaciones, llegamos justo a tiempo para que nos abran la sala de la Última Cena, y hacemos de árbitros mientras un abuelo y sus dos nietos juegan al escondite al pie de las imponentes murallas.

Nuestro papel de jueces nos deja sin tiempo para más visitas. Así que a la mañana siguiente, esta mañana, vuelvo a la Ciudad Vieja a visitar los Santos Lugares que me quedan de mis algo secas raíces cristianas. La casualidad, de nuevo, me lleva a pasar frente al Patriarcado, donde hablo con una de sus autoridades, Kemal Tesh, el vicario del Patriarca latino de Tierra Santa, nazareno vestido con las dignas ropas purpúreas del arzobispado, quien en un perfecto español me explica su teoría sobre el gusto característico de todas las bebidas alcohólicas españolas.

Poco después me cruzo con la hermana Nabila y la hermana Mira, dos jóvenes monjas de Egipto y Palestina a las que pregunto cómo llegar al Santo Sepulcro. Santa pregunta también, porque disfruto de su beatífica compañía durante el siguiente par de horas. Aunque Mira es más tímida, Nabila se lanza desde el primer momento a explicarme todos los lugares del Santo Sepulcro, y gracias a pegarme a sus hábitos, me salto la larga fila para entrar en la minúscula cámara donde enterraron a Jesús.

Me enseñan el resto de los Santos Lugares de la Iglesia (el lugar donde Santa Elena encontró la cruz, la franja de tierra que se abrió, dicen, al morir Jesús…) en incluso Nabia me fotografía frente al lugar donde fue crucificado, llevándose una pausada pero sonora recriminación del franciscano que vigila adormilado el recargado altar.

Durante nuestro paseo Nabia no sólo me regala su rosario, sino que además me compra un llavero para recordar Jerusalén y me acompaña, a pesar de llegar tarde al convento, hasta los lindes de la Mezquita de Al Aqsa, lo que imagino que revolvería el estómago de más de una de sus hermanas.

Pero en estas calles donde tan pronto se ve una cruz como un rifle vuelvo a poner rápido los pies en la tierra no tan santa, momentos antes de dirigirme a las oficinas del Primer Ministro, para charlar con uno de sus más cercanos colaboradores, Yossi Kuperwasser, oráculo en temas de Inteligencia de Israel. Así que allí llegaré, con mi rosario en un bolsillo y el colgante palestino en el otro.

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Simón dice…

El Ejército libanés es peor que el más puntilloso y barroco de los administrativos. Tras decenas de emails y llamadas para conseguir el permiso que me dé paso en sus controles del Sur, para realizar una entrevista con el responsable de los cascos azules (con quien también se han tenido que hacer las gestiones oportunas), los libaneses piden más papeles y sellos por sorpresa, llegando a sacar a uno de sus casillas hasta tal punto que, en algún momento, me olvido de que me juego la vida en una carretera entre Naqura y Saida con un taxista que se logra implicar tanto en mi desesperación que adelanta rompiendo los límites de conducción temeraria de la región.

Me quedaré sin hablar de lo ridículo de prohibir la entrada al Ministerio de Defensa sin pantalones largos, del amateurismo del Centro de Inteligencia (más parecido a un colegio abandonado gestionado por los hombres de la T.I.A de Mortadela y Filemón con cara de aceitunos) o de las carencias de este Ejército en general, sin aviones ni helicópteros y que depende de los paramilitares de Hezbolá para que Israel no vuelva a pasarse por el forro militar la frontera.

Lo que pasa en Líbano se queda allí, más ahora que dejo atrás Beirut camino a Alepo. Cambio de última hora y me subo al autobús en dirección a la segunda ciudad de Siria, en lugar de a la ya visitada y bien admirada Damasco, por ampliar el radio de acción hacia el Norte, y también por sortear la frontera siria por una entrada más benigna, ya que me queda poco estómago para soportar a más militares jugando a ser secretarias.

El engorroso trámite que hace algunos días en la ida costó horas se transforma ahora en 30 minutos, y sorprendo al conductor con mi conocimiento de las ventanillas y precios de visas, habilidad con los codos, trucos y palabras apropiadas. Por suerte guardo un papel de la anterior salida de Siria del Ministerio del Interior que acelera la gestión.

En el autobús, que se alarga más de 6 horas, viaja un grupo de señoras, acicaladas abuelas que uno se podría encontrar perfectamente en la plaza de un pueblo de la Meseta, y que me dicen orgullosas en perfecto español que estudian mi lengua en el Instituto Cervantes de Beirut, y que soy el primer español al que conocen. Les expido un certificado con buena nota en comunicación verbal.

Sobre todo me entretengo con dos australianas que conozco antes de subir al bus. Alice, tan interesada en la UE  que de hecho hará una beca en el Banco Europeo de Inversión en Luxemburgo, la Siberia de los funcionarios europeos; y Amelia, de origen libanés, que visita la tierra de sus ancestros antes que su padre. Tras el hermanamiento de tantas horas con el culo pegado y compartir historias, guías y papeles nos vamos juntos al mismo hostal y compartimos habitación, paseo por el palpitante zoco de Alepo y sus acogedores tenderos, y su fortaleza. Antes de irse a dormir partida de cartas, y les enseño a jugar a los seises, que se transforma en el entretenimiento por defecto.

Sólo paso un día en Alepo, así que aprovechamos la jornada con una excursión matinal al norte, al kurdistán sirio, cerca de la frontera con Turquía. Tengo mi momento de magdalena “proustiana” al recorrer la parte alta del valle de la región, con un gran parecido a los campos pedregosos de mi querida Menorca, que este verano me quedo sin visitar. En la parte baja se extiende un manto verde de olivos y frutales, y visitamos el templo hitita de Ain Dara del VIII a.c, una gozada sin un turista, ni siquiera un bicho volador, en kilómetros a la redonda. De allí a la basílica-fortaleza de San Simón, un santo que fue toda una celebrity en el siglo V de nuestra era, y que se pasó su vida subido a una columna dando consejos, así que sacamos la sabia conclusión que de ahí viene aquello de “Simón dice…”.

Parada final en las tumbas romanas de Qatum. Las horas de pizarra de declinaciones latinas bajo la entretenida tutela escolar de madre Monserrat, y que nunca pensé que me servirían para nada, me permiten sorprender a mis acompañantes australianas descifrando y traduciendo la deteriorada inscripción a la entrada de las tumbas: “De Flavio a los soldados veteranos de su tropa”.

Lo que en otra época fue tierra de romanos hoy es un vergel que, gracias al agua subterránea, riega un boom del ladrillo kurdo de casas de colores claros y terrosos, poco ostentoso y que se percibe tras prestar atención a las pequeñas hormigoneras y los coches de cilindraje escondidos entre las viviendas. De vuelta a Alepo, y tras ejercer con mis compañeras de maestro de ceremonias en el ritual de la siesta, volvemos a la calle en busca de una cerveza de despedida. Ghessey, un profesor de árabe en Canadá nos guía hasta el barrio cristiano, universo diferente y totalmente occidental, donde a pesar de todo nos es imposible conseguir una birra. En su lugar, el profesor nos entretiene con su vida y milagros, y su simpatía nos aborda tanto que al final tenemos que escapar de ella.

Ultima noche en Siria, y hoy de nuevo paliza de bus de 8 horas para llegar a Amán, desde donde viajaré mañana al Mar Muerto e Israel-Palestina. Empieza la última fase del viaje, y no quiero pensar que todo lo que tiene un principio y un desarrollo tambien tiene un desenlace.

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Generales y hezbolagueños

Qué contento camina uno cuando vuelve a las calles de su antigua villa luciendo Ray Ban nuevas. Así se le veía a Omer, el camarada periodista palestino que estos días hace de embajador en Jordania, recorriendo orgulloso y sacando pecho por las pistas de tierra y callecitas y callejones del campo de refugiados de Al Baqaa, a 20 kilómetros de Amman. Para darle las gracias por todas las molestias, y ahora que tenía otras gafas que utilizar (como sabrán mis bienhallados lectores), le doy las Ray Ban que había comprado a un desdentado vendedor en un puesto de la capital.

No parece importar mucho a Omer si me costaron sólo dos dinares (algo más de dos euros), porque el amigo se movía con cierto aire de galán de película árabe, saludando a viejos conocidos que le miraban orgulloso al compañero que ahora vivía en Bruselas. Yo, a lo mío, me entretenía con las decenas de niños que, sin exagerar, tenían la camiseta de Messi, y que sonreían satisfechos cuando les decía que compartíamos fe (futbolera).

Finalmente llegamos a nuestra primera cita con Rafek, un aseado general de Fatah, con pelo y bigote cortados con cuidado milimétrico, que nos recibe en su saloncito austero de colores tostados, con motivos florales, y sin un solo adorno o foto alrededor, tan sólo dos cajas de kleenex estratégicamente colocadas.

Hablando del conflicto, se muestra tan critico con su partido y la Autoridad Palestina, y tan benigno con Hamás que le planteo si ya no tiene tan clara la línea entre local y visitante. Se muestra tan servicial como todas las personas de esta tierra, nos invita a comer, se nos ofrece a llevaros en coche a la siguiente cita e insiste en que le llame si necesito algo. Nuestro siguiente encuentro es con un líder de los comunistas palestinos, popular entre los suyos, que nos recibe enorme y calvo a la puerta de su casa, como una criatura mitológica, con la mirada perdida, resultado de la ceguera provocada por la tortura en los calabozos jordanos, esperando ahora contraatacar desde el escaño al parlamento jordano al que aspira.

Más charla sobre el conflicto y más sentimiento de bienvenida, que parece no tener fin en estas latitudes. Y de allí, tras mi paso por Siria y Beirut, llego a otro conflicto, el del Sur del Líbano entre Hezbolá e Israel. Para hacerse una idea se recomienda visita al chiringuito que tiene el partido/grupo paramilitar junto a las ruinas romanas de Baalbek algo más al norte. Curioso lugar para tal especie de museo en el que muestran sus armas y fotos propagandísticas entre joyas como “Israel es el enemigo de la Humanidad”, impresa en una hoja echa en Word con los mismos tipos que se utilizan en los trabajos escolares. Tan orgullosos están del tinglado los hezbolagueños (©) que nos invitan a que hagamos fotos al enorme panel en el que se ven los cohetes katchuska en dirección a Haifa, Tel Aviv y Jerusalem, convertidas en dianas, y nos piden que cojamos las pegatinas de sus líderes.

En el sur, tras una odisea y cargar toneladas de ira con el Ejército libanés que contaré en otro post, visita a la base española Cervantes en Marjayún, donde justo coincide mi llegada con una puesta de medalla y desfile militar. Si la tropa libanesa consigue cabrearme por primera vez en estas tierras, nuestros soldados me causan el efecto contrario. Me pasean arriba y abajo, me mezclo con periodistas locales y hablo con el embajador español en Libano, Juan Carlos Gafo, y con el “jefazo” de la misión de la ONU en Libano (UNIFIL) el general español Asarta, e incluso me peleo por los calamares rebozados con algunos soldados malayos e indonesios, que también viven en la base, mientras Bisbal atrona desde algún altavoz escondido. De allí, visita a un puesto de control del Ejército indio, donde un receptivo teniente coronel me responde a mis improvisadas preguntas mirando de refilón a sus notas, como un mal estudiante. Le pido hacerle una foto y me sorprende no sólo cuando me pide hacerse una foto conmigo, sino cuando me pregunta mi nombre para añadirme como amigo en Facebook.  Los caminos de las redes sociales son inescrutables.

Después de unas cañas y una sabrosa charla con el teniente coronel español Doncel y el Capitán Romero en el Mirage, el bar de los parroquianos de la zona en el que los españoles se han tragado todo el mundial, me despido de los compatriotas, tras ver como media docena de soldados franceses de las fuerzas de Respuesta Rápida vuelven a los claustrofóficos blindados con el calor de media tarde tras meterse una sisha (pipa de agua) entre pecho y espalda. Más información sobre mi visita al sur, véase esta semana mi reportaje en Tiempo.

On the road again, camino de Tyr, y de paso instructivo recorrido por la frontera con Israel, en compañía de Louis Assi, cristiano-voluntario-periodista-conductor-condecorado por el Gobierno noruego (el hombre se merece una estatua si no fuera porque no para de echarse flores). Atravesamos lugares destruidos hace cuatro años por la aviación israelí, como la propia carretera o la bíblica Caná, donde murieron 26 civiles, la mitad niños, y otras villas que hoy respiran tranquilidad, pero donde se espera la guerra antes del invierno, como las tormentas que se huelen en verano mucho antes de que la lluvia empiece a caer.

Me meto a dormir al concluir mi ofensiva contra cinco mosquitos, que se suman a sus otros compañeros estampados contra la pared de la habitación del hostal, y a la espera del día de furia que me esperará al día siguiente. Pero eso es historia para otro día.

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