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África desconocida

Esta semana, nuestro invitado es un periodista, Moncho Satoló. Un aventurero que no presume de látigo y de sombrero, sino de una energía y una voluntad generosa por conocer más a nuestros vecinos africanos. Y como a menudo los que menos conocemos son los que tenemos en la puerta de enfrente en el rellano, Moncho se ha metido en la casa del vecino del Sur numerosas veces para volver con increíbles historias.

[Moncho Satoló]

Sobre una tribu de Camerún, los dowayo, el antropólogo inglés Nigel Barley afirmaba en los años 70: “Cuando estaba apunto de abandonar mi país Dowayo me reconfortó oír de boca del jefe de mi aldea que con mucho gusto me acompañaría a mi aldea británica, pero que temía ir a un país donde siempre hacía frío, había bestias salvajes como los perros europeos de la misión y era sabido que abundaban los caníbales”. De su libro El antropólogo inocente (Anagrama), este extracto nos muestra un factor clave para comprender las relaciones entre Europa y África (Subsahariana): el desconocimiento del otro.

La Unión Europea es el principal socio comercial de África, el mayor inversor y donante de Ayuda Oficial al Desarrollo y destino de gran parte de las exportaciones del continente africano. Además, el pasado común de colonialismo europeo ha posibilitado que haya dos lenguas oficiales en todo el continente: inglés y francés, que conviven con los cientos de idiomas regionales que existen a lo largo de todo el territorio. Sin embargo, a pesar de estas relaciones, ¿qué conocemos de África? ¿Cómo nos ven?

Mi experiencia en países como R.D. Congo, Ruanda y Sierra Leona me lleva a pensar que nuestro conocimiento del otro es un conocimiento opuesto, sesgado, extremista. Mientras que los habitantes del África Subsahariana nos ven como una tierra idílica de prosperidad y oportunidades (díganselo a los millones de parados que hay en toda Europa), nosotros mantenemos el concepto colonial de una tierra salvaje e indómita, pobre, donde sus gentes se matan entre ellas de los modos más atroces inimaginables.

Pero África es contradicción, con una realidad alejada de toda visión maniquea. Sí, se cometen atrocidades. En Sierra Leona charlé con muchas de las víctimas del Frente Revolucionario Unido, grupo rebelde cuya única razón de ser fue adueñarse de los ricos yacimientos diamantíferos del este del país. La amputación fue su arma de guerra más utilizada. Hablé con una mujer, Kadiatu Fofanah, a la que habían amputado las piernas. “Durante tres días no me moví del sitio donde me encontraba, con mi bebé de 7 meses en brazos, esperando ayuda”, me contaba. Hasta que su marido la localizó y se la llevó a un hospital. A otra mujer que conocí le habían cortado los brazos mientras veía cómo  troceaban a su esposo junto a ella.  En la R.D. Congo entrevisté a un adolescente que acababa de ser desmovilizado. No recordaba cuánta gente había matado, aunque mucha, y afirmaba que cuando empleaba su cuchillo para asesinar en vez del fusil, sus superiores le obligaban a beber la sangre de la víctima. En Ruanda, el genocidio hutu contra los tutsis provocó la masacre de 800.000 tutsis en 100 días, con el machete como arma de guerra.

Pero también me encontré una población trabajadora, con ansias de salir adelante y vivir en paz. Me sorprendió ver, por ejemplo, la extrema limpieza de Ruanda, donde las bolsas de plástico están prohibidas. O las ganas de estudiar que tenían los pequeños que huían de la guerra en la región de los Kivus, en la R.D. Congo. Muchos de éstos, al llegar al campo de desplazados después de interminables jornadas caminando, hambrientos, pedían ir a la escuela antes que solicitar un plato de comida. O en Sierra Leona, donde me encontré gente como Emelda, que después de estudiar magisterio con una beca en Italia, regresó a su país, en plena guerra, para abrir una escuela en Freetown y ayudar a los más necesitados.

África: Cielo e Infierno. Conozcámosla.

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El final del periodismo

(El post invitado de esta semana es una colaboración de lujo: Fernando Rayón, editor plenipotenciario del Grupo Negocios -que publica, entre otros medios, La Gaceta de los Negocios-, director de la revista de arte ARS, fundador de una agencia de comunicación, profesor de periodismo y un largo etcétera que no para de alargarse cada vez que uno le llama para interesarse por su vida y andanzas…Y, sobre todo, un ángel de la guarda para los periodistas a los que les gusta contar historias, que protege frente a los que intentan convertir el periodismo en un funcionariado para zombis):

EL FINAL DEL PERIODISMO

A los periodistas nos encanta hablar de crisis, también de nuestra crisis. Llevamos haciéndolo bastantes años. Le hemos cogido el gusto y es que siempre brillan más los catastrofistas, los que anuncian el fin de los periódicos, la muerte de la radio, o la nueva televisión. Pues sí, la prensa está en crisis. Y lo está prácticamente desde que nació. Y ahora más, pero lo está porque todo el sistema está haciendo aguas y, afortunadamente, el periodismo no es una isla en la sociedad.

Nuestra crisis se llama publicidad. Ha caído en torno a un 50%, dependiendo del sector, y eso no hay director financiero, gerente o consejero delegado, ni por supuesto empresa que lo aguante. Reducir la principal fuente de ingresos a la mitad es algo que, por mucho que nos sorprenda, nadie había previsto. Ni en España ni en Estados Unidos, que parece que allí el periodismo siempre es de otra galaxia. Por eso es bueno recordar que si empresas como Los Angeles Times o Chicago Tribune ya se declararon en quiebra el año pasado la razón fundamental –ya sé que no es la única- hay que buscarla en la crisis publicitaria que han padecido. Por eso a veces me sonrío cuando algunos hacen referencia a la inversión publicitaria en medios españoles con reproche de que somos el único país en el que la crisis reduce la partida publicitaria de las empresas. Pues tampoco.

Pero vamos un poco más allá.  Es evidente que algo está pasando en los medios. En todos. De entrada, la crisis publicitaria ha provocado el que muchos profesionales hayan sido echados, en un intento de las empresas por salvarse de la quiebra. Y los efectos han sido sorprendentes: aparentemente todo seguía igual. Los periódicos y revistas seguían saliendo; los programas de radio, mal que bien, permanecían en antena; los de televisión aparentemente no se resentían. Y es que muy pocos se dieron cuenta de lo que sí había cambiado, desde luego no los gestores de los medios. ¿Y que había pasado? Pues que la  información había empezado a desaparecer. Las noticias empezaron a escasear y dieron paso al comentario y a la opinión. Además, los colaboradores siempre han sido más baratos que los profesionales en plantilla. La crisis, la de verdad, estaba servida.

Otros colegas, los más avispados echaron la culpa a que algunos medios no habían sabido reciclarse, a que ya no podían seguir dando noticias como antes, al papel de Internet, de las nuevas tecnologías, del ‘nuevo periodismo’. Pero nada de eso es verdad. Las redacciones se han quedado mermadas pero sobre todo de informadores. Hoy se cuentan con los dedos de una mano las informaciones propias que incluye al día un periódico de tirada nacional.

Pero tranquilos, el periodismo no va a desaparecer. Seguirá existiendo porque hoy más que nunca son necesarios profesionales que recuperen el valor de una información por encima de cualquier presión publicitaria, empresarial o política. La noticia pura y dura sigue interesando. Y solo los medios que se den cuenta de esta verdad podrán subsistir. El entretenimiento puede llegar a ser una forma más de ocultar información. No hay duda de que tendrá su público, numeroso si el entretenimiento es de calidad, pero la noticia, la información, es otra cosa. Es servir a los lectores. Y eso es el periodismo.

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