Descorche

Recorrer casi 4.000 kilómetros por las carreteras de Kenia y Tanzania en tres semanas, corazón de todo lo que hemos mamado desde pequeños del gran continente africano, sus bestias y la sabana, el Kilimanjaro o el lago Victoria, la descarada pobreza pero también la apabullante alegría, produce embotellamiento mental. La borrachera de gestos y conversaciones es tal que uno necesita descorchar la mente a tiempo para oxigenar el pensamiento. La mezcla de impresiones contradictorias, de poderosos sentimientos tan pegados a esa tierra, requiere que uno deje envejecer las historias y detalles para distinguir todos sus matices, antes de intentar que toda esa avalancha de mementos pasen por el aro del teclado.

Pero también es cierto que la necesidad presiona para poner letra a esa confusa música que emerge desde las entrañas y el recuerdo.  Así que nada mejor que recurrir a esas escenas de los Wolfe y los Mailer, tan concretas y a la vez tan densas, tan mundanas y a la vez tan profundas, para empezar a domar en unos cuantos trazos ese gran mosaico que intenta volver a su estado salvaje.

Pistoleros. Son parte de la fauna urbana y del mobiliario rural. Somnolientos, sonrientes, chulos como estrellas adolescentes y a veces enjutos como poetas sin musa. Visten el uniforme de las compañías de seguridad, con las que protegen con oxidada escopeta en mano, las sucursales y cajeros, o las casas de cambio de moneda en Nairobi o Dar es Salaam. A veces presumen del uniforme de la policía o del Ejercito, con más orgullo que paga, mientras te paran en un remoto control sin una sombra en la que cobijarse. En otras ocasiones son simplemente pastores con una larga vara de madera para controlar las raquíticas cabras y el kalashnikov para espantar a los molestos bandidos.

Rafael era un poco de esto y de aquello. “Voluntario” a la fuerza de la Policía, también pastor, sonriente y aguerrido, protege en Lokitchar, en la entrada a la región de Turkana, a su gente y vecinos de los robos y ataques de los Pokot. Las emboscadas a punta de rifle son frecuentes en la única y destartalada carretera que une la región con el resto de Kenia, sorprendiendo no solo a pastores sino también a los escasos coches que transitan por la pista. Por eso, tras darle algunos billetes, Rafael nos acompaña para dar, literalmente, fuego de cobertura, en caso de ser necesario.

Cuenta nuestro nuevo pasajero que el día anterior los Pokot asaltaron dos camiones, lo que da una idea de su voracidad para detener un vehículo de tal tamaño. Pero desde los asientos de atrás el comentario pierde dramatismo, e incluso sólo gana interés cuando vemos que Joseph, nuestro conductor, se recoloca en su asiento, mientras Raphael se saca el Kalashnikov de entre las piernas, para cargarlo y asomarlo por la ventanilla. “Esa persona que acabamos de cruzarnos era seguramente un ojeador, que dará la señal a sus compañeros escondidos en alguna parte unos metros más allá”, nos traduce Joseph  del swahili lo que acaba de señalar Rafael, apuntando a un sospechoso personaje solitario que malactuaba una torpe borrachera para abalanzarse sobre vehículo y espiar su interior. Rafael limpia algo el cañón del arma, las miradas se afinan en ambos márgenes de la carretera, Joseph coge firme el volante, y nosotros nos dedicamos a esconder portátil, lentes de la cámara, pasaportes, tarjetas y gran parte del dinero por todos los rincones que uno se puede imaginar en el interior de un coche, dejando solo “pret-a-robar” algo de cash en una cartera totalmente desinflada.

Esperamos  al grupo de Pokots escondidos con más curiosidad que nerviosismo. Al final nuestra carga resulta poco atractiva, o Rafael suficientemente disuasivo, para los ladrones. Así que nos quedamos sin asalto pero con una buena serie de fotos del “voluntario” para recordar el momento.

Bebedores. Pocas cosas están tan vinculadas como el alcohol al hombre y su pasado, como especie y como sujeto. Por eso, en esa zona del planeta, donde seguramente el mono empezó a ser y sentir como un humano por primera vez, las bebidas están tan presentes como los mosquitos. Puede ser una de las cervezas tanzanas de sorprendente calidad como Safari, Serengeti o Kilimanjaro, o la keniata Tusker. O el primer vino, con algo de calidad y cuidado, que se empieza a producir en la zona más áspera de Tanzania, en los alrededores de Dodoma. Allí Dmitri, un griego espigado y dinámico, que llegó hace cuatro años al país, usa sus artes enológicas para producir un vino más que digno que probamos con indisimulado gusto.

Dimitri se mueve entre los tinos de acero inoxidable con la misma fluidez con la que da órdenes en swahili a los empleados de la bodega, algo despistados en plena faena de la segunda cosecha del año (¡!).  Probamos de uno y otro lado, de caldos en plena fermentación, y de otro vino listo para ser embotellado, con la sonrisa cada vez más ligera con cada trago que damos. Nuestro conductor mete el vaso una y otra vez, hasta que Dmitri le llama al orden más preocupado por nuestro regreso que por el vino que le puede quedar. “A los tanzanos les gusta mucho beber. A veces tenemos problemas con los trabajadores de la bodega por la facilidad que tienen para acceder al alcohol mientras trabajan”, confiesa Gabriella, comercial en la bodega. Una realidad de la que ya habíamos dado buena cuenta por la mañana, cuando el “alcalde” de la villa de Chololo, Michael Jonas, nos enseño sus tres cubos con 20 litros cada uno de Skadi, el brebaje alcohólico con cierta apariencia lechosa que prepara con mijo en grano para animar las tardes de domingo de los vecinos. Sabor (y efectos en el estómago) muy diferentes del vino de Dmitri. Y más aún del “Samaki-boom”, el Jagermeister con Red Bull que nos pondrá sobre la mesa Carlos horas después, ya de noche. 

Este gallego, un buscavidas a.k.a emprendedor, tiene una biografía tan peculiar como su apariencia a medio camino entre rastafari, masai y cantante de Socidedad Alkoholika. Se presenta en su nuevo restaurante, de los tres que tiene en Dar es Salaam, rodeado de toda su troupe, recordándome a esa descripción que escribió Talese sobre las migraciones entre tugurios que hacía Sinatra con toda su cohorte de funcionarios de la noche. A Carlos parece asfixiarle la falta de tiempo tanto para hacer planes (solo pienso en abrir en Nueva York) como para enseñar la frondosa decoración  de su última tasca, como le gusta llamarla. Nos subimos para coger aire a lo más alto de la torre donde tiene su “Samaki Samaki”, y así dar unas caladas, terminar las cervezas y planear el próximo antro en el que seguir estirando la noche de la capital no oficial del país. Es martes por la noche y la ciudad no se agita ni respira. Promete que la próxima parada no defraudará. Y no lo hace.

 Músicos. No hace falta pisar el continente para saber que África tiene una especial vinculación con la música. Y no hizo tampoco que pasara muchos kilómetros en nuestro road trip hacia el Norte antes de que nos diéramos cuenta. En Nakuru se amontonan más de una docena de iglesias de todos los credos y confesiones,  algunas prometiendo milagros en chillonas letras de colores ya desde sus muros. Con  gesto prudente, pero voluntad decidida, entramos en una de estas casas desonchadas de piso bajo. A la puerta nos recibe una nube de niños sonrientes. En el interior, con la misa ya empezada, nos sentamos en el último banco, provocando una armónica ola de cuellos girados entre el medio centenar de personas que asisten a la celebración. El servicio se alarga, más aún porque el pastor ha tenido la gran deferencia de ordenar a su asistente que traduzca al inglés “porque tenemos invitados”. Tras varios salmos cantados y la lectura de la Biblia llega la bendición de unos instrumentos. Algo común.

Varios cientos de kilómetros más al Norte, las mujeres turkanas no necesitan ningún aparato para cantar y danzar, tan solo sus cuerdas vocales, que se transforman y se amoldan a su baile para provocar una fiesta a su alrededor. Pintadas como las grandes ocasiones ordenan, algunas con la piel marcada por ser hermanas o mujeres de grandes guerreros, saltan y se agitan con un ritmo tan contagioso que hasta las autoridades que han acudido a la inauguración de un nuevo centro sanitario en una inhóspita zona piden, como en un inolvidable concierto, un bis tras otro.

La música es un virus especialmente contagioso entre estas personas. Salta de boca en boca, pasándose de uno a otro en forma de una vieja melodía o de un estribillo de góspel, atronando a veces desde uno de los incontables bares de Nairobi que mantienen en vela a la ciudad con sus pesados bajos y pegadizos ritmos, o haciéndose de cuerpo presente en forma de enorme bafle en una de las cantinas que  rodean las carreteras tanzanas.

Durante el Eid al-Fitr, la festividad del final del Ramadán, la percusión y las canciones se extienden entre los callejones de Stone Town, en Zanzibar, como un concupiscente espíritu liberado. Los grupos de jóvenes, vestidos de blanco purificado, cantan y  marchan como en una charanga camino de no se sabe donde. Solo importa que tras  un paso venga el siguiente, y que la mano no deje de golpear con alegría la percusión. Así ha sido siempre y así seguirá siendo.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Uncategorized

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s