Límites y oportunidades

Una pregunta que se queda en la cartuchera es como una molesta piedrecita oculta en un zapato. En esta ocasión, el interrogante lo vi brillar como un intermitente neón en la frente de Christopher. Por eso, y por primera vez desde que me enredé en el mundo del papeloide, dejé que fuera la víctima de este impertinente periodista el que hiciera la pregunta final y disparara a quemarropa. Al fin y al cabo, este buscavidas de Turkana, la región mas remota y marginada de Kenia, me había dejado boquiabierto contándome, en un perfecto inglés, su business plan.

La mirada desafiante de Christopher era la misma incisiva atención con la que observaba la treintena de mujeres sentadas, disciplinadamente, unos metros mas allá, esperando su turno en un puesto avanzado para un chequeo sanitario básico, rumiando quizá en sus cabezas semiafeitadas cómo ese nuevo cuento de la planificación familiar que les contaban unos voluntarios afectaría a sus vidas ya lo suficientemente achuchadas. Frente a ellas, los hombres miraban pasar el tiempo y las adversidades sin decir palabra, sin ganas de nada. En Turkana, árida y dispersa, se cuentan tantos problemas como cabezas de ganado. La  constante sequía, los ataques de todos los pueblos vecinos, la desidia de su Gobierno central e incluso la miopía en ocasiones de la cooperación internacional, ha dejado a este pueblo en manos de una antipática fortuna, la ayuda internacional y la promesa futura de los ingresos del recién descubierto petróleo. Aquí la vida no deja espacio para la enmienda, ya seas pastor, los más, o pescador, los menos. Así que uno puede tener muchas quejas, dudas o interrogantes. Christopher tenía claro el suyo, que llegó por el flanco inesperado. “Qué haces en África?”

Empezaré la película por el final, los agradecimientos. Porque ahora que esa experiencia ya coge el espesor y los colores del recuerdo, vista desde Tanzania, solo puedo estar plenamente satisfecho con la generosidad de los keniatas durante estos intensos días en los que hemos recorrido el país de Norte a Sur, y vuelta.

La primera de las medallas va para Joseph. Durante el viaje de Nairobi a Turkana, y en aquella tierra apartada prioridades, desmenuzamos en interminables horas de conversación anécdotas políticas de su país, el paisaje o cualquier otra historia que le provocara su tono chillón con el que anticipaba una sonora carcajada. Joseph tiene un conocimiento enciclopédico que desborda su profesión y su corta estatura.

No sería la primera vez que las apariencias flirtearan con el engaño. Con Michael, con su camisa atigretada y su pinta descuidada, y la fondona y sonriente Pauline, la humildad fue el mejor de los camuflajes. Mientras dábamos buena cuenta de la comida a la que insistieron en invitarnos, estuvimos hablando de la fracasada factoría de procesamiento de pescado que el mismo dirigió en Turkana, y parte central del reportaje. Días después me contarían que este hombre, con una peculiar manera de hablar, pudo llegar a ser ministro, cuestionó la mediocridad de su sistema político y el presidente del país le ofreció estudios en el extranjero para no agitar el avispero nacional.

Fue Mzee, uno de los cabezas visibles de la comunidad de pescadores del lago Turkana, quien me contó la peripecia vital de Michael. También este pescador, con marcado perfil quijotesco con el color del carbón, se había convertido en la cabeza visible para los pescadores del lago.  Mientras veíamos descargar las capturas de las playas vecinas de esta zona patrimonio de la Humanidad, Mzee se movía entre pensamientos oscuros por la caída de las capturas de Tulipas o percas del Nilo, a causa de la presa construida en Etiopia, y su carácter optimista, anclado en el nuevo camión para trasladar el pescado, cortesía del Tío Sam, o la promesa de relanzar la planta de pescado.

Cuando la supervivencia se paga como un articulo de lujo, la vida en un campo de refugiados aparece como un privilegio. Por eso, no son pocos los enfrentamientos y tensiones que ha habido entre los Turkanas y los 150.000 refugiados que viven en el campo de Kakuma, como nos contó la hermana Marie-Anne. Esta religiosa no dudó en dejar en la estacada a la delegación de la UE y otras ONG y autoridades locales, para acompañarnos a pedir el coche al director del campo, Mr Ali, y así entrar en el vasto recinto saltándonos todo el papeleo del ACNUR. Allí vimos como el emprendimiento, que abanderan sobre todo los refugiados somalíes, se abre paso incluso cuando lo único que te dan cada día es algo maíz, arroz, alubias y aceite. Nos dijo Marie-Anne que ella venía al campo ya en 2005 para conectarse a Internet, porque tenían la mejor conexión de toda la zona, mejor incluso que en la propia Kakuma.

Ese carácter emprendedor es el mismo que llevan en la piel los keniatas, que dejan escapar con la misma frecuencia con la que les gusta hablar de la política nacional. Como hizo John, el responsable de seguridad de la torre KBC mientras nos enseñó el perfil nocturno de Nairobi desde el helipuerto, fuera de la hora de visitas. Pisos más abajo se reúnen los senadores del país. Allí arriba, lejos de mosquitos y también de Turkana, la capital se desborda en la oscuridad, con la misma imprecisión con la que John intenta prever lo que tiene por delante. Limites y oportunidades, las mismas reglas de juego entre las que se mueve Alfa, el joven turkanés, recién llegado de Sudan de Sur donde trabajó como conductor para la ONU, Peter o Steve, los taxistas que apenas han salido de la capital, o las cuatro jóvenes que conocimos en el centro de alto rendimiento para los atletas, y que estaban a la espera de viajar el próximo año a Harvard con una beca de Atletismo.

Son más las preguntas que las respuestas, y en Turkana más los problemas que las soluciones. A pesar de ello, Christopher solo quiere saber por que he decidido venir a Turkana. “Qué te interesa de nosotros?”, me pregunta con una jugetona curiosidad.

Le doy un adelanto del artículo que ya empieza a coger forma en mi cabeza. Los demás, imagino, tendrán que esperar al numero  de Rolling Stone de octubre.

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