Por qué me indigno

Pocas cosas pueden ayudar a digerir seis horas y media de divagaciones sobre las relaciones entre la UE y Rusia. Pero la curiosidad de Lubomir Zaoralek, vicepresidente del Parlamento checo, logró sacarme del estrangulamiento mental. Tras los tres paneles del Foro que se celebró en Varsovia, compartimos estofado y ensalada con otros dos comensales en el jardín del Sejm (Parlamento polaco). A pesar de que algunos otros temas saltaron al mantel, el socialista checo volvía una y otra vez a su interés por las causas de la indignación española. “¿Por qué están saliendo a la calle en Madrid?” “¿Qué está pasando en la Plaza de Sol?” “¿Qué puede salir de todo eso?”.

Primero me sentí halagado, como se hubiera sentido cualquier compañero de armas, por el interés del parlamentario, que iba más allá de la curiosidad de un biólogo para reflejar la simpatía de un camarada. Sin embargo, a pesar de ser español, ser de la misma generación y ser un “indignado” convencido no desde hace un mes, ni tres meses, sino desde el año pasado cuando ya me empecé a mover contra el desempleo juvenil, me sentí incapaz de ejercer de portavoz de la furia española. No tanto por la distancia física con la que he tenido que disfrutar el 15M. Desde aquí también asistí a la protesta en la que había que participar, presioné a la Comisión Europea para que mostrara su simpatía cuando debía apoyar, y sugerí al Comité Económico y Social Europeo que contactara con los indignados cuando debía actuar.

Mi incapacidad se debía a que la ensalada de objetivos que puebla la plaza me ha hecho dar un paso atrás. Puede ser que tengamos intereses comunes, pero no las mismas prioridades. Terco de mí, hasta ahora pensaba que lo prioritario para nuestra generación era la falta de oportunidades que hace cada día más real la maldición de una generación perdida. No es sólo un trabajo, sino también es una vida digna que no deje cicatrices en nuestro futuro, lejos del nido familiar y cerca de la familia que nosotros queramos crear. Una lucha que no es exclusiva de un grupo de edad, porque seremos nosotros los que pagaremos la pensión de los que ahora caminan por la cuarentena; y son nuestros abuelos y abuelas los que se amargan al ver cómo nuestros mejores años cogen polvo en el sofá.

Pero el popurrí que se ha visto en la calle, un travestismo asambleario controlado por la tiranía del megáfono, amenaza con marchitar lo que debía haber sido la primavera española. Mientras los medios internacionales como el Financial Times o el International Herald Tribune interpretaban que salíamos a la calle para protestar por este presente que nos cierra las puertas, nosotros pedíamos la reforma de la ley electoral, la eliminación del Senado, la limpieza en las listas de candidatos corruptos o el fin del duopolio PP-PSOE.

Objetivos tan dignos como lógicos. Debemos tener un sistema más proporcional para que los particularismos de unos no secuestren el bienestar de TODOS , y la partitocracia no enquiste el espíritu crítico y participativo que todos tenemos. Pero no cargarnos el Senado, sino reformarlo para que sea una cámara finalmente territorial (para disgusto de algunos, España es un país con diferentes sensibilidades que deben tener voz y voto en la legislación que compartimos). Que Camps repita con mayoría absoluta, mientras chapotea cada día más en sus corruptelas de mafiosillo de tintorería de Little Italy, causaría una úlcera hasta al más templado de los budistas. Y debemos gritar, hasta quedarnos afónicos, para reclamar que los 1.560.000 millones de euros con los que hemos pagado todos en Europa la glotona avaricia de los banqueros se devuelvan. Y los culpables, desde luego, a la cárcel.

Pero estas causas no cambiaran el drama del que somos prisioneros. Y sólo se gana cuando se sabe cuál es el enemigo que está al otro lado del frente. Si los árabes luchaban contra Mubarak, Gadafi, Ben Alí, Saleh o Asad, y nuestros padres contra otra dictadura “yo me  indigno porque nos han robado el presente, y nos quieren quitar la oportunidad de recuperarlo”, dije al socialista checo. Lo hacen los que dicen que estamos “boicoteando la democracia”, los mismos que disparan contra nuestra indignación como hicieron antes contra nuestra indiferencia. Pero también los que se aprovechan del ruido para terminar con el grito más genuino que se ha escuchado en la calle desde que pusimos los pies en ella por primera vez. Sol puede subir o bajar, veremos un nuevo amanecer o una noche aún más oscura.  Hoy, por fin, empieza a estar en nuestras manos.

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