New York and me could have a bad romance

Siempre he pensado que las ciudades son como las mujeres. Aunque sin preocupaciones de celulitis o antiojeras, ellas también requieren tiempo para que se les pueda realmente poner una pica, más allá de futiles encuentros de fin de semana. Tras digerir en apenas 24 horas el atragantamiento etnosociogeocultural (y tantos prefijos como se quiera añadir) de pasar por cuatro metrópolis, tres lenguas y dos continentes, no sólo confirmo mi teoría, sino que con la perspectiva del viajero que enfila el camino de vuelta desde Nueva York concluyo que con las urbes se experimenta también, como con las mujeres, malos romances.

Y la que más sueños amputados colecciona entre sus curvas de cemento y el “glitterío” (spanglish registrado) de Sarah Jessica Parker es precisamente Nueva York, “la ciudad que cada día mastica y escupe a cientos de personas”, como dice mi amigo David. Él no es uno de ellos, pues sobrevive como un genuino Mad Men agarrado en plena sexta avenida al mástil de BBDO, nada menos que la número uno entre las agencias de publicidad del planeta. Y en compañía de mi Virgilio neoyorquino, y su IPhone 4,  descendimos durante una semana sus ocho anillos hacia el alma que nunca descansa.

Porque si para el que visita por primera vez esta ciudad se trata de subir a toda piedra, acero o cristal que se levante del suelo para disfrutar de las vistas de la Gran Manzana, incluido el agujero que dejaron los gusanos de Al Qaeda, los que realmente quieran intimar con Nueva York deberán pararse, pringarse y finalmente enmudecer.

Siete días que dan para ver cómo las mujeres son las tarzanas en esta jungla, donde disfrutan del cortejo, tarjeta de crédito en mano, de voluntariosos emprendedores.com o tragantuas financieros en terrazas en el piso 40 de un lobby del Midtown o en restaurantes de la Quinta Avenida, transformados en pasarelas para el abordaje con las horas de la madrugada. Tiempo en el que uno presencia cómo Michael Jackson vuelve a la vida caminando hacia atrás, con todos sus boys de Neverland incluidos, en una fiesta de cumpleaños de un guionista de cine porno gay, agraciado con la visita de maestros(/as?) del travestismo en las cachas de Liza Minnelli y otra decorada con una flamígera peluca naranja, en una de las enmoquetadas residencias de los buscafortunas que se abren camino en esta isla del tesoro.

Días paseando Broadway arriba y Chelsea abajo, en apartamentos con horror vacui, eso sí de diseño, donde se desayuna prosecco, se disfruta de Bossa Nova con las gafas de sol puestas en el salón, y se adivina a través de las ventanas las casas de ladrillo con las escaleras de incendio como orgullosas cicatrices de hierro.

La opulencia de Park Avenue, el pretencioso desenfado del Soho, la generosa energía de la comunidad gay o la devoción templaria de los habitantes de Manhattan por el deporte, que profesan en los recuperados paseos a lo largo del West Side, el nuevo High Line o el pulmón de Central Park. Oportunidades para disfrutar en el Carnegie Hall con una selección cargada de tensión sentimental y dinamismo con la Orquesta Filarmónica de Filadelfia, charlar con el embajador de la UE ante la ONU presumiendo de las vistas desde su oficina, espiar la conversación de una difícilmente reconocible Umma Thurman en un bar afrancesado en el Greenwich Village, e incuso para asistir a The Daily Show de John Stewart, el presentador de noticias con más credibilidad precisamente porque no es un noticiario, y que dispara con el mismo calibre de sarcasmo contra Obama y los republicanos. Y ya que uno va solo al plató aplaude, ríe y vocifera como el más americano entre los (no) americanos, sobre todo cuando aparece para la entrevista final Condoleezza Rice, “sorprendentemente encantadora”, como dice Stewart una vez se va.

Pero no es la belleza lo que se esconde en el interior, ni en el caso de Rice ni en el de ningún otro homínido, sino más bien todo lo que no se puede contar en una sobremesa, como decía Wilde. Nueva York da demasiado de estos secretos e intimidades en siete días, los mismos que alimentan los malos romances, una guerra sin control ni prisioneros. Y ya sabemos desde la primera vez que levantamos las palmas y dejamos de gatear que la pérdida de control nos fascina. Así que tras esta visita exploratoria, y con la mirada puesta en el aterrizaje definitivo, New York “you and me could write a bad romance” (con el permiso de Lady GaGa).

 

Anuncios

2 comentarios

Archivado bajo Uncategorized

2 Respuestas a “New York and me could have a bad romance

  1. Qué bien te lo pasas, bellaco. Golfacas en tacones? Fuckin’ John Stewart? Colega de Don Draper? A ver si quedamos esta semana de una p. vez y en condiciones, cuando se me pase el catarrazo, y me cuentas. Y de paso me pones al día en el proceloso mundo del twitteo, que soy nuevo y torpe, ya sabes -aunque muuuy agradecida:D

  2. Bob

    ¿Y ninguna referencia a Wody Allen? ¿Cómo entender NY sin Él?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s