Despedida con la arena en los pies

Sentado en la Terminal de Tel Aviv, tras media hora larga de interrogatorio con la seguridad, y husmeo de mi mochila, además de dejarme con los pantalones en los tobillos (nada demasiado indigno en su metódico ritual) toca cerrar la cuenta y pensar que el cuento se acaba. Ha sido una historia de 25 días, tan increíble y surrealista que me ha resultado difícil de narrar cuando me veía contándola en su totalidad o en partes.

Caso práctico de hoy: ¿cómo creer a un mochilero que llega con arena en los pies al exigente escaneo de maletas israelí si el viajero cuenta que es periodista y que ha realizado horas antes una entrevista al viceprimer ministro del país y responsable de Inteligencia, Dan Medidor, quien le invita encima a desayunar en el hotel Hilton? La agente me compra la versión en un acto de fe, sobre todo cuando se sorprende de que nadie me haya pedido mi acreditación de periodista en casi un mes hasta ese momento, la cual no le puedo enseñar porque me la olvidé en Bruselas.

Con la maniobra de disuasión de Medidor, cuya voz en la grabadora ofrezco como salvoconducto, y que viene acompañada de una bandera de Israel en la mochila y el crucifijo que me regalaron las monjitas coptas, no se entretienen en indagar sobre mi tour alrededor de Palestina.

Qué decir de Cisjordania. Ahí tenemos Ramala y su boom del ladrillo impulsado por la ayuda internacional, salpicado de bares del nuevo pijerío, que recorro en compañía de Koussay, portavoz de la misión de la UE en Palestina para entrenar a los policías y dar sentido a las palabras Estado de Derecho. Koussay me acoge en su casa y me invita a comer en el restaurante más valorado de la ciudad, donde coincidimos con el embajador argentino, habilidoso al desplegar todo el encanto natural de su tierra con el que adorna una charla amistosa.

En Ramala hablo con el resto de los responsables de la misión europea en su cuartel general, a quienes agradezco que aparquen el lenguaje políticamente correcto y entren a cuchillo contra unos y otros. Uno de ellos, Tomás, un admirador del Estado de Israel hasta llegar intencionadamente a la provocación, y profundo creyente del paganismo, me devolverá en coche blindado hasta Jerusalén sorteando los check points gracias a su pasaporte diplomático. Pero antes visito también el centro de operaciones de Saed Erekat, jefe de los negociadores palestinos, donde discuto con Xavier, uno de los miembros de su equipo de madre chilena, los fallos del pasado y lo que puede pasar en el futuro.

Al día siguiente visita a Hebrón en compañía de Yehuda, cofundador de la ONG de los soldados israelíes Breaking the Silence. Los asentamientos de colonos en el centro de la ciudad y el consecuente blindaje de los soldados israelíes y controles han convertido el centro de la segunda urbe palestina en una ciudad fantasma, y muestra en miniatura de lo que sucede en el resto de Palestina. El prudente Yehuda, que con su perfil de Peter Jackson con kipa y menos años (27) de los que aparenta, no quiere poner adjetivos a lo que sin duda se mueve entre la limpieza étnica y el aparheid. Impresiona, y vivimos algo de “acción”, como dice Anders, otro de los miembros del tour, cuando entramos en un careo con un grupo de policías israelíes que dicen que hemos invadido un asentamiento, o cuando un grupo de niños colonos nos empiezan a increpar.

Nada de “acción” en comparación con lo que Anders, periodista de la BBC, debería vivir en Afganistán, adonde se desplaza habitualmente como jefe del servicio en el medio británico que cubre el país en media docena de lenguas.

De allí visita a Belén, adonde me acompaña Anders y, tras la visita de rigor a la Iglesia de la Natividad nos tomamos el café con Fayed Saqqa, diputado palestino al cargo de las relaciones con Iberoamérica. En un perfecto español, por haber estudiado en la Complutense y estar casado con una española, Saqqa dispara contra unos y otros: por supuesto israelíes, pero también contra su criticado primer ministro Fayad, demasiado tecnócrata para el sentimiento de resistencia palestino, contra su partido Fatah y contra la UE, buena sacando la chequera, pero en poco más. Vuelta a Jerusalén y desde allí al día siguiente las últimas horas en Tel Aviv con Meridor y la playa.

En el camino, en todos estos “post” del blog, se han quedado encuentros casuales por contar o amigos por presentar. Como Daniel, el estadounidense originario del único pueblo del mundo que disfruta del moonbow (arcoiris con luz de luna) y a quien le regateo la camiseta de Hezbolá que se quiere llevar de vuelta a Kentucky. O la historia con Sterling, el capitán de la compañía cazatesoros Odyssey que apresó España, y cuyo caso denunciamos con otro compañero hace tiempo en la Gaceta ayudando a que la historia cobrara relieve, y que la casualidad (tan presente en este viaje) ha querido que me encuentre años después en un bar de bocadillos en Beirut, sin saber él con quién compartía cerveza.

Quedan muchísimos otros apuntes como, por ejemplo, lo rutinario que resulta ver a los veinteañeros israelíes con los rifles colgados como riñoneras paseándose por el centro de Jerusalén Oeste en compañía de sus novias o comiéndose un helado. O los tecnoultraortodoxos; o la generosidad del grupo de jóvenes pilotos jordanos que me encuentro comiendo pollo en Ammán, que a pesar de su pinta de malotes se despiden diciéndome que soy una buena persona (la ignorancia es tan atrevida); o el sincero acogimiento de los sirios.

Tan sólo 25 días para cinco países es poco tiempo, pero suficiente para llegar una rotunda conclusión. Si quise venir a esta región para conocer sobre el terreno el conflicto de Oriente Medio, y sobre todo ver las caras y las historias de la gente que está detrás a un lado y a otro, veo ahora claro el precio que he tenido que pagar. Porque, roto el cordón de seguridad y ahora que las emociones han terminado con el confort de la aséptica distancia, la próxima vez que se líen a tiros y pedradas no podré ser imparcial, con ninguno de los dos lados. Y, sobre todo, me dará pena, demasiada pena.

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