Rifles y cruces

Israel es religión y conflicto, si no la misma cosa. Es el motivo de mi viaje: conocer on the ground las experiencias y emociones de la gente y los lugares que tantas veces he leído y he cubierto (y seguiré haciendo) a través de las agencias o en asépticas ruedas de prensa desde Bruselas. Pero también son las monjitas de mi niñez, los libros de religión con el forro despegado y las páginas pintarrajeadas por el aburrimiento. Por eso, al entrar en esta tierra, la de los israelíes y palestinos, se siente un pinchazo en algún lugar del pecho (aún por identificar).

Y como se debe entrar fresco de mente, y de espíritu (que es lo que toca), hago una parada en boxes en el río Jordan antes de cruzar la frontera, y visito el lugar donde bautizaron a Jesús. Lugar especial para los cristianos hoy salpicado de iglesias y transformado en un (aún digerible) Disneyworld para los religiosos. Llego acompañado de Misho, un japonés que ha dejado su trabajo en un resort de su país para dar la vuelta al Mundo antes de empezar su “proyecto secreto”, del que no le logro arrancar una palabra aparte de que no se trata de destruir el Planeta. En el viaje desde Amman hasta el río, actúa tan hiperactivo contando sus historias y necesidades que nos machaca el hombro dándonos toques de cortesía al conductor y a mí, y se ofrece a visitarme en Bruselas tras la promesa de presentarle bellezas europeas, especialmente rusas, por las que al parecer siente una debilidad especial.

Preparado para cruzar la frontera israelí naufrago en un mar de dudas y no hay Moisés que sea capaz de abrirme un camino. Obviamente decir que soy periodista retrasará mi entrada durante horas. No decirlo me cerrará la puerta a usar los contactos que tengo en la embajada en España y aquí, siempre útiles si la cosa se alarga. No ayuda llegar ante el mostrador de la joven soldado israelí, que se muestra dura con mis antecesores (una pareja francesa) con dos sellos sirios en mi pasaporte y otro libanés. Y menos aún con dos pegatinas de Hezbolá en mi libreta, el colgante palestino que me regalo Montasser al cuello y todavía las fotos en mi móvil de la bizarra expo de Hezbolá con la frase de “Israel, enemigo de la Humanidad”.

Cosas de la vida, uno llega tranquilo, sobre todo cuando compruebo que entre sonrisas, y un eco de flirteo, la soldado se empieza a liar con mi nombre (tan útil en casos como éste) y me estampa el sello tras dos escuetas preguntas de rigor (motivo de la visita “turismo” y si voy a visitar Cisjordania, a lo que respondo que sí usando como excusa mi memoria cristiana para visitar Belén).

Llegada a Jerusalén. Y tras dejar el equipaje con Eli, dueño de un hostal con la sonrisa bonachona de los abueletes de Disney al que no me cuesta nada arrancar el favor, salto directo a la acción a una manifestación antihomofobia por las calles de Jerusalén Oeste, para recordar la muerte de dos jóvenes gays hace un año. Y allí, ecce homo, agarrando la gran bandera del arcoiris en compañía de Aya, mi couchsurfera israelí que me acoge durante las tres primeras noches.

Primeras 24 horas intensas, porque con ella también iré al día siguiente a otra manifestación contra la ocupación de viviendas palestinas por colonos israelíes en Sheik Jarrah. Allí, entre jóvenes y no tan jóvenes, conozco de casualidad a Gideon Samet, prestigioso columnista del diario Haaretz, con quien charlo un rato sobre la solución a los problemas de los colonos. En la noche Aya me lleva a la fiesta de cumpleaños de una amiga, donde la charla continúa con personajes interesantes del mundo de las ONG y la actividad política de la Nueva Izquierda israelí.

Pero no sólo del conflicto vive en hombre, así que el día de sabbath lo paso en compañía de mi antigua compañera y amiga Laura, a quien me encuentro de nuevo de casualidad en las calles de Jerusalén, y más tarde con Rachel. Con esta couchsurfera disfruto de un interesante paseo vespertino por la ciudad vieja y alguno de los Santos Lugares. Me lleva al Hospicio austriaco, un oasis europeo cercano a la bulliciosa puerta de Damasco, donde se paga con euros los expressos a la maniera italiana y se disfruta de unas vistas recomendables desde el tejado de la parte vieja de Jerusalén. Robamos una foto en el blindado Muro de las Lamentaciones, llegamos justo a tiempo para que nos abran la sala de la Última Cena, y hacemos de árbitros mientras un abuelo y sus dos nietos juegan al escondite al pie de las imponentes murallas.

Nuestro papel de jueces nos deja sin tiempo para más visitas. Así que a la mañana siguiente, esta mañana, vuelvo a la Ciudad Vieja a visitar los Santos Lugares que me quedan de mis algo secas raíces cristianas. La casualidad, de nuevo, me lleva a pasar frente al Patriarcado, donde hablo con una de sus autoridades, Kemal Tesh, el vicario del Patriarca latino de Tierra Santa, nazareno vestido con las dignas ropas purpúreas del arzobispado, quien en un perfecto español me explica su teoría sobre el gusto característico de todas las bebidas alcohólicas españolas.

Poco después me cruzo con la hermana Nabila y la hermana Mira, dos jóvenes monjas de Egipto y Palestina a las que pregunto cómo llegar al Santo Sepulcro. Santa pregunta también, porque disfruto de su beatífica compañía durante el siguiente par de horas. Aunque Mira es más tímida, Nabila se lanza desde el primer momento a explicarme todos los lugares del Santo Sepulcro, y gracias a pegarme a sus hábitos, me salto la larga fila para entrar en la minúscula cámara donde enterraron a Jesús.

Me enseñan el resto de los Santos Lugares de la Iglesia (el lugar donde Santa Elena encontró la cruz, la franja de tierra que se abrió, dicen, al morir Jesús…) en incluso Nabia me fotografía frente al lugar donde fue crucificado, llevándose una pausada pero sonora recriminación del franciscano que vigila adormilado el recargado altar.

Durante nuestro paseo Nabia no sólo me regala su rosario, sino que además me compra un llavero para recordar Jerusalén y me acompaña, a pesar de llegar tarde al convento, hasta los lindes de la Mezquita de Al Aqsa, lo que imagino que revolvería el estómago de más de una de sus hermanas.

Pero en estas calles donde tan pronto se ve una cruz como un rifle vuelvo a poner rápido los pies en la tierra no tan santa, momentos antes de dirigirme a las oficinas del Primer Ministro, para charlar con uno de sus más cercanos colaboradores, Yossi Kuperwasser, oráculo en temas de Inteligencia de Israel. Así que allí llegaré, con mi rosario en un bolsillo y el colgante palestino en el otro.

Anuncios

1 comentario

Archivado bajo Uncategorized

Una respuesta a “Rifles y cruces

  1. Bob

    Cruces, medias lunas, espadas, pistolas…¡Cuánto damo ha hecho este cóctel a la humanidad!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s