Simón dice…

El Ejército libanés es peor que el más puntilloso y barroco de los administrativos. Tras decenas de emails y llamadas para conseguir el permiso que me dé paso en sus controles del Sur, para realizar una entrevista con el responsable de los cascos azules (con quien también se han tenido que hacer las gestiones oportunas), los libaneses piden más papeles y sellos por sorpresa, llegando a sacar a uno de sus casillas hasta tal punto que, en algún momento, me olvido de que me juego la vida en una carretera entre Naqura y Saida con un taxista que se logra implicar tanto en mi desesperación que adelanta rompiendo los límites de conducción temeraria de la región.

Me quedaré sin hablar de lo ridículo de prohibir la entrada al Ministerio de Defensa sin pantalones largos, del amateurismo del Centro de Inteligencia (más parecido a un colegio abandonado gestionado por los hombres de la T.I.A de Mortadela y Filemón con cara de aceitunos) o de las carencias de este Ejército en general, sin aviones ni helicópteros y que depende de los paramilitares de Hezbolá para que Israel no vuelva a pasarse por el forro militar la frontera.

Lo que pasa en Líbano se queda allí, más ahora que dejo atrás Beirut camino a Alepo. Cambio de última hora y me subo al autobús en dirección a la segunda ciudad de Siria, en lugar de a la ya visitada y bien admirada Damasco, por ampliar el radio de acción hacia el Norte, y también por sortear la frontera siria por una entrada más benigna, ya que me queda poco estómago para soportar a más militares jugando a ser secretarias.

El engorroso trámite que hace algunos días en la ida costó horas se transforma ahora en 30 minutos, y sorprendo al conductor con mi conocimiento de las ventanillas y precios de visas, habilidad con los codos, trucos y palabras apropiadas. Por suerte guardo un papel de la anterior salida de Siria del Ministerio del Interior que acelera la gestión.

En el autobús, que se alarga más de 6 horas, viaja un grupo de señoras, acicaladas abuelas que uno se podría encontrar perfectamente en la plaza de un pueblo de la Meseta, y que me dicen orgullosas en perfecto español que estudian mi lengua en el Instituto Cervantes de Beirut, y que soy el primer español al que conocen. Les expido un certificado con buena nota en comunicación verbal.

Sobre todo me entretengo con dos australianas que conozco antes de subir al bus. Alice, tan interesada en la UE  que de hecho hará una beca en el Banco Europeo de Inversión en Luxemburgo, la Siberia de los funcionarios europeos; y Amelia, de origen libanés, que visita la tierra de sus ancestros antes que su padre. Tras el hermanamiento de tantas horas con el culo pegado y compartir historias, guías y papeles nos vamos juntos al mismo hostal y compartimos habitación, paseo por el palpitante zoco de Alepo y sus acogedores tenderos, y su fortaleza. Antes de irse a dormir partida de cartas, y les enseño a jugar a los seises, que se transforma en el entretenimiento por defecto.

Sólo paso un día en Alepo, así que aprovechamos la jornada con una excursión matinal al norte, al kurdistán sirio, cerca de la frontera con Turquía. Tengo mi momento de magdalena “proustiana” al recorrer la parte alta del valle de la región, con un gran parecido a los campos pedregosos de mi querida Menorca, que este verano me quedo sin visitar. En la parte baja se extiende un manto verde de olivos y frutales, y visitamos el templo hitita de Ain Dara del VIII a.c, una gozada sin un turista, ni siquiera un bicho volador, en kilómetros a la redonda. De allí a la basílica-fortaleza de San Simón, un santo que fue toda una celebrity en el siglo V de nuestra era, y que se pasó su vida subido a una columna dando consejos, así que sacamos la sabia conclusión que de ahí viene aquello de “Simón dice…”.

Parada final en las tumbas romanas de Qatum. Las horas de pizarra de declinaciones latinas bajo la entretenida tutela escolar de madre Monserrat, y que nunca pensé que me servirían para nada, me permiten sorprender a mis acompañantes australianas descifrando y traduciendo la deteriorada inscripción a la entrada de las tumbas: “De Flavio a los soldados veteranos de su tropa”.

Lo que en otra época fue tierra de romanos hoy es un vergel que, gracias al agua subterránea, riega un boom del ladrillo kurdo de casas de colores claros y terrosos, poco ostentoso y que se percibe tras prestar atención a las pequeñas hormigoneras y los coches de cilindraje escondidos entre las viviendas. De vuelta a Alepo, y tras ejercer con mis compañeras de maestro de ceremonias en el ritual de la siesta, volvemos a la calle en busca de una cerveza de despedida. Ghessey, un profesor de árabe en Canadá nos guía hasta el barrio cristiano, universo diferente y totalmente occidental, donde a pesar de todo nos es imposible conseguir una birra. En su lugar, el profesor nos entretiene con su vida y milagros, y su simpatía nos aborda tanto que al final tenemos que escapar de ella.

Ultima noche en Siria, y hoy de nuevo paliza de bus de 8 horas para llegar a Amán, desde donde viajaré mañana al Mar Muerto e Israel-Palestina. Empieza la última fase del viaje, y no quiero pensar que todo lo que tiene un principio y un desarrollo tambien tiene un desenlace.

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1 comentario

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Una respuesta a “Simón dice…

  1. Moncho Satoló

    Recomendaciones:
    1) Ni se te ocurra introducir la cabeza en el Mar Muerto, o te picarán los ojos durante décadas.

    2) Con los soldados israelíes, para todo, tú eres un turista religioso.

    Un abrazo y cuídate!!

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