Generales y hezbolagueños

Qué contento camina uno cuando vuelve a las calles de su antigua villa luciendo Ray Ban nuevas. Así se le veía a Omer, el camarada periodista palestino que estos días hace de embajador en Jordania, recorriendo orgulloso y sacando pecho por las pistas de tierra y callecitas y callejones del campo de refugiados de Al Baqaa, a 20 kilómetros de Amman. Para darle las gracias por todas las molestias, y ahora que tenía otras gafas que utilizar (como sabrán mis bienhallados lectores), le doy las Ray Ban que había comprado a un desdentado vendedor en un puesto de la capital.

No parece importar mucho a Omer si me costaron sólo dos dinares (algo más de dos euros), porque el amigo se movía con cierto aire de galán de película árabe, saludando a viejos conocidos que le miraban orgulloso al compañero que ahora vivía en Bruselas. Yo, a lo mío, me entretenía con las decenas de niños que, sin exagerar, tenían la camiseta de Messi, y que sonreían satisfechos cuando les decía que compartíamos fe (futbolera).

Finalmente llegamos a nuestra primera cita con Rafek, un aseado general de Fatah, con pelo y bigote cortados con cuidado milimétrico, que nos recibe en su saloncito austero de colores tostados, con motivos florales, y sin un solo adorno o foto alrededor, tan sólo dos cajas de kleenex estratégicamente colocadas.

Hablando del conflicto, se muestra tan critico con su partido y la Autoridad Palestina, y tan benigno con Hamás que le planteo si ya no tiene tan clara la línea entre local y visitante. Se muestra tan servicial como todas las personas de esta tierra, nos invita a comer, se nos ofrece a llevaros en coche a la siguiente cita e insiste en que le llame si necesito algo. Nuestro siguiente encuentro es con un líder de los comunistas palestinos, popular entre los suyos, que nos recibe enorme y calvo a la puerta de su casa, como una criatura mitológica, con la mirada perdida, resultado de la ceguera provocada por la tortura en los calabozos jordanos, esperando ahora contraatacar desde el escaño al parlamento jordano al que aspira.

Más charla sobre el conflicto y más sentimiento de bienvenida, que parece no tener fin en estas latitudes. Y de allí, tras mi paso por Siria y Beirut, llego a otro conflicto, el del Sur del Líbano entre Hezbolá e Israel. Para hacerse una idea se recomienda visita al chiringuito que tiene el partido/grupo paramilitar junto a las ruinas romanas de Baalbek algo más al norte. Curioso lugar para tal especie de museo en el que muestran sus armas y fotos propagandísticas entre joyas como “Israel es el enemigo de la Humanidad”, impresa en una hoja echa en Word con los mismos tipos que se utilizan en los trabajos escolares. Tan orgullosos están del tinglado los hezbolagueños (©) que nos invitan a que hagamos fotos al enorme panel en el que se ven los cohetes katchuska en dirección a Haifa, Tel Aviv y Jerusalem, convertidas en dianas, y nos piden que cojamos las pegatinas de sus líderes.

En el sur, tras una odisea y cargar toneladas de ira con el Ejército libanés que contaré en otro post, visita a la base española Cervantes en Marjayún, donde justo coincide mi llegada con una puesta de medalla y desfile militar. Si la tropa libanesa consigue cabrearme por primera vez en estas tierras, nuestros soldados me causan el efecto contrario. Me pasean arriba y abajo, me mezclo con periodistas locales y hablo con el embajador español en Libano, Juan Carlos Gafo, y con el “jefazo” de la misión de la ONU en Libano (UNIFIL) el general español Asarta, e incluso me peleo por los calamares rebozados con algunos soldados malayos e indonesios, que también viven en la base, mientras Bisbal atrona desde algún altavoz escondido. De allí, visita a un puesto de control del Ejército indio, donde un receptivo teniente coronel me responde a mis improvisadas preguntas mirando de refilón a sus notas, como un mal estudiante. Le pido hacerle una foto y me sorprende no sólo cuando me pide hacerse una foto conmigo, sino cuando me pregunta mi nombre para añadirme como amigo en Facebook.  Los caminos de las redes sociales son inescrutables.

Después de unas cañas y una sabrosa charla con el teniente coronel español Doncel y el Capitán Romero en el Mirage, el bar de los parroquianos de la zona en el que los españoles se han tragado todo el mundial, me despido de los compatriotas, tras ver como media docena de soldados franceses de las fuerzas de Respuesta Rápida vuelven a los claustrofóficos blindados con el calor de media tarde tras meterse una sisha (pipa de agua) entre pecho y espalda. Más información sobre mi visita al sur, véase esta semana mi reportaje en Tiempo.

On the road again, camino de Tyr, y de paso instructivo recorrido por la frontera con Israel, en compañía de Louis Assi, cristiano-voluntario-periodista-conductor-condecorado por el Gobierno noruego (el hombre se merece una estatua si no fuera porque no para de echarse flores). Atravesamos lugares destruidos hace cuatro años por la aviación israelí, como la propia carretera o la bíblica Caná, donde murieron 26 civiles, la mitad niños, y otras villas que hoy respiran tranquilidad, pero donde se espera la guerra antes del invierno, como las tormentas que se huelen en verano mucho antes de que la lluvia empiece a caer.

Me meto a dormir al concluir mi ofensiva contra cinco mosquitos, que se suman a sus otros compañeros estampados contra la pared de la habitación del hostal, y a la espera del día de furia que me esperará al día siguiente. Pero eso es historia para otro día.

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1 comentario

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Una respuesta a “Generales y hezbolagueños

  1. Moncho Satoló

    Mucho ánimo, hermanastro!!

    Cuántos recuerdos me trae la hospitalidad árabe.

    Cuídate por ahí y te leeré sin falta en Tiempo.

    Un abrazo

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