Muhammad, sultán de Damasco, busca mujer

Y al tercer día, más bien al decimoprimero, se abrieron los cielos y mi vientre pasó, como un Porche, de cero a cien en cuestión de segundos. Pero, como decía aquel, no estoy aquí para hablar de mi funcionamiento intestinal, y dejaré para otro día la visita al campo de Al Baqaa. Tampoco escribiré del entorno en Ebel es Saqi, el pueblo en el sur del Líbano rodeado de banderas y estatuas dedicadas a Hezbolá donde se encuentra la base española Cervantes, que visitaré hoy. Quiero dedicar antes unas líneas a mi paso por Siria a través de la frontera jordana, es decir, a Muhammad.

Qué rápido nos olvidamos, nosotros hijos de la UE, del engorroso trámite de fronteras y visados, de colas y codazos, que en los países árabes es algo más próximo a una pelea de voraces gladiadores. Y, entre todas ellas, la siria se lleva hasta ahora la palma. Optimista, cogí un taxi de Amman a Damasco, con la intención de sortear la división en cuestión de minutos. Y la primera sorpresa llegó al dejar Jordania, cuando hice esperar al hinchado adolescente jordano y su madre y el “doctor” sirio que viajaban conmigo en el coche más de 45 minutos para pagar la visa. Después, cuando a pesar de que me habían dicho que ya estaba listo para dejar el país, resulta que faltaba el sello de salida. Sorpresa que llegó justo en la valla, con una fila interminable de coches detrás y la desesperación de mis desafortunados compañeros de viaje.

Así que el conductor, un taxista que no perdía una campechana sonrisa a pesar de caminar bajo la solana y los más de 35 grados sobre el asfalto en la tierra de nadie, me acompañó caminando de nuevo al centro de inmigración kilómetro y medio atrás.

Cuando finalmente llegamos a la entrada a Siria y un agente del país, con un parecido bastante sorprendente con el malo malísimo de Indiana Jones y el Templo Maldito, me dijo que tenía que esperar un rato para recibir el visto bueno de Damasco, ya no tenía mucho crédito para pedir paciencia a mis acompañantes. Terminaron por dejarme en el centro de inmigración rodeado del guirigay de conductores, familias hipernumerosas, y mujeres tapiadas de tela de la cabeza a los pies.

Entre pelea y pelea en el mostrador, conocí a Liz, una canadiense de mi edad bastante curtida en esto de las odiseas mochileras de larga duración. Tras dos minutos de conversación y compartir nuestros problemas de visados, me dice que ha encontrado un hostal digno en Damasco, problema del que todavía no me había preocupado pero que esperaba amenazante en la bandeja de entrada. Resolutiva, llama, confirma que no hay otra habitación, y reserva una con dos camas en el hostal de un primo del primero. Camadería entre mochileros para ahorrar unos dólares.

Pero, sobre todo, a través de ella conozco a Muhammad, un treinteañero parlanchín que se ha ofrecido a llevarla hasta Damasco a más de una hora y media en coche una vez que termine su trabajo cobrando las visas. Y, aunque no entraría en sus planes iniciales, al viaje con la exótica rubia se suma un estorbo español. La actitud de Muhammad es tan servicial que no parece molestarle lo más mínimo y, más aún, nos invita esa noche a cenar unos kebabs y nos lleva hasta el hotel. La próxima noche Liz y yo le hacemos prometer que nos dejará invitarle a cenar.

Tras el día de paseos y mezquita por la ciudad vieja de Damasco, y algunas compras de rigor por eso de caminar en compañía femenina canadiense, quedamos con Muhammad, que nos lleva a uno de los numerosos restaurantes que se esconden en patios interiores con aire andaluz, de las casas entre los callejones de lo que podría ser Sevilla.

Le descubrimos su punto naif, que nos prueba con la risa despreocupada de un niño que muestra, por ejemplo, cuando nos dice que nunca ha tenido novia o ha ido de bares. Nos cuenta que su tía le esta buscando mujer ahora para matrimonio. Nos confiesa que es muy religioso, pongo a prueba los límites de su tolerancia y le pregunto si pensaría que sería yo menos bueno si no creyese en Dios. “Sinceramente, desde lo más profundo de mi corazón, sí”, me dice. Cuando veo que se empieza a sentir acorralado, al decirle por ejemplo que no hay que seguir al pie de la letra todo lo que dicen los libros sagrados, porque la Biblia justifica la esclavitud (cosa que dice que tiene que deberse algo menos que a una errata divina), cambio de tercio y hablamos de la mujer que le gustaría o sus visitas a Europa.

La conversación dura porque Muhammad ha pedido casi todos los platos de la carta para que pudiéramos hacernos una amplia idea de la cocina siria, y también para dinamitar nuestro estómago. De nuevo, a pesar de nuestra insistencia, y de que el sueldo medio en Siria no supera los 350 dólares, vuelve a pagar. Paseo por los callejones y nos lleva  a nuestro hostal, adonde llegamos los occidentales con la tripa hinchada y donde le hago prometer que me escribirá tan pronto como pise Europa. Quedo convenido de que, conociendo a gente así, merece la pena el más penoso de los infortunios en cualquier frontera del mundo, y seguro de que, tan pronto como pise Europa, será tratado en las tierras cristianas como un verdadero sultán de Damasco al que trataré de colapsar el vientre.

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