Gente corriente

Día tres y la galería de personajes es más nutrida ya que en una película de Robert Altman No he conocido gente más agradecida que los jordanos quienes, a cambio de dos minutos de conversación desinteresada y banal, te ofrecen demasiado.

Tras la celebración más abstemia de mi vida (tendré que emborracharme con la próxima copa del Mundo), dedico la primera mañana al buceo en el Mar Rojo en compañía de Ahmmed, un palestino-jordano de Jerusalén Este nacido seguro antes de que Israel existiera, que se mueve en el agua enjoyado y con chancletas. No llamaría mi atención si no fuera por la forma sospechosa por cómo me mira cuando nado entre el coral y los pececillos, no a la manera de un severo monitor de natación sino más bien como se miraban los jóvenes empalagosos de “El lago azul”.

Por la tarde un paseo anodino por Aqaba, donde la canícula me deja sus primeras huellas en el cuello y las piernas, me lleva a buscar refugio en el aire acondicionado, y las cinco estrellas, del Intercontinental. Tirando de la excusa del periodista, y del archivo televisivo materno, pido una charla-entrevista con el director Guzmán Muela, un defensor de la influencia árabe en nuestro país, “sorprendido” del impacto que han tenido sus apariciones en “Españoles en el mundo”.

Salgo con el buche cargado de agua fría y buenos contactos para el día siguiente para ir al desierto de Wadi Rum, aunque finalmente utilizo el que me dio Sonia, mi colega eslovaca de Bruselas. Viaje muy asequible en taxi con Yousef, tío bien informado que conoce a Zapatero y las penurias del periodo aznarista, amante a la vez del “gentleman” Obama y del “recto” Ahmadiniejah, admirador de Hamás, y crítico con la falta de libertad en Jordania (!), y llego hasta el campamento de Obdeil en el desierto.

Este beduino enamorado de una húngara que pasa las temporadas bajas en el lago Balatón de Hungría, mientras deja el negocio al cargo de su hijo Nayyel, de 21 años que pasarían por unos cuantos más, y que chapurrea magiar, entre otras cosas.

Tiene un hermano con braquets (ni los beduinos escapan de las hordas ortodoncistas) y un tío, Abu (que significa padre de…) Shavi, que no para llamarme buscando el halago “gran jefe de la familia”, a pesar de que este solitario viajero se acopla a una familia de húngaros durante la estancia en el desierto y el viaje de rigor por jeep entre las dunas y las rocas.

Canto La Bamba (no questions), bailamos (y reímos, aunque suene a película de Disney) y fumamos una sisha cargante bajo las estrellas mientras pongo a prueba mi húngaro con Nayyel, quien hace venir a un amigo en pick-up desde el pueblo para poner la música con el coche que me quiere enseñar. Con el pater familias húngaro comparto un generoso vaso de whisky “Black Label” durante la cena que me hace saltar las lágrimas, mientras él, siempre animoso, no altera la expresión de buda feliz.

Gran sueño en la noche estrellada a la intemperie, y Nayyel me cubre con una manta porque dice que hace frío alrededor de las 5 cuando el sol ya luce generoso (que gran tipo Nayyel, le confiaría la salud de mi perro, si lo tuviera, y si no fuera porque los beduinos cazan perros). Tras un desayuno “continental” tipo desierto (esto es una especie de mortadela, una especie de caparrones, y una especie de queso fresco) me deja en el centro para visitantes de Wadi Rum.

Me despido de los húngaros que me regalan una sincera invitación a su pueblecito mientras luego me doy cuenta de que me quedo corto ofreciéndoles una simple visita guiada por las calles de Bruselas (y puede que una cerveza?). Besos con Nayyel y me quedo a la espera del bus que me lleve a Petra en el Centro.

Tres frases de cortesía con Abu Adí, el abuelete que se dedica a cobrar los 2 dinares que cuesta entrar, y que me cuenta que le gustaría ir a España pero no tiene dinero. Dos frases después me ofrece su silla, otras dos más y me invita a té, y al poco me cede su camastro si quiero descansar dentro de su refugio espartano, ocupado únicamente por un biombo donde esconde lo que seguramente será una mesa desnuda y una tetera. Termina por traerme té a su tercer intento y llega el bus, al que también me quiere llevar la mochila (“No”, faltaría más que no me dejaran ejercer como mochilero).

El autobús primero lleno de chicas holandesas (que me reciben amistosamente a pesar de ser español por llevar hoy una camiseta naranja) y después cambio de ocupantes: el asiático que no falta, “nativos” con chilabas, hiyab, y una camiseta del Barca, y Emily, una canadiense de Montreal, que quiere empezar a coquetear con el periodismo en Estambul y que también va camino de Petra.

Una vez allí, hago parte del recorrido con la periodista en ciernes, “disfrutando” del placer de los 8 km del camino entre las ruinas con el calor del 14 de julio a las dos de la tarde. Y, para más indi, yo con chancletas y pantalones piratas, el equipamiento perfecto para hacer la interminable subida final al llamado monasterio. Para más información sobre Petra, véase Google.

Regreso del guerrero a mi hostal en Petra, el Orient Gate, regentado por Mohammed, jordano de maneras italianas, imposible de pillarle la edad debajo de los gorros y gorras que lleva, que me repasa la lista de novias, los trucos de la web Hostelworld y con quien hablamos de viajes pasados y futuros. De momento, me invita gratis a volver en “temporada baja” (matiza) a su hostal, de incuestionable amabilidad aunque el se sienta más orgulloso de la mejorable limpieza.

La cena en un decente local la paso en compañía de dos holandeses (“de cuyos nombres no puedo acordarme”), con un tira y afloja a preguntas: ellos sobre mi viaje y mi trabajo en Bruselas y yo sobre su viaje: un tour en coche desde Holanda hasta Omán…Casi nada, pasando por una decena de países y un coche que era del abuelo de uno de ellos.

Regresamos, intercambio de rigor de emails y, tras otra breve charla con Mohammed y escuchar las tres llamadas desde los minaretes me retiro a mi lecho, a la espera de la llegada hoy a la capital: Amman.

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