Bajo el ullastre

Vuelta a Bruselas. Arranca el tren camino del aeropuerto, en Zaragoza. Suena el primer móvil. Y uno no puede más que sonreír. No es por la conversación que una voz directamente salida de una botella de VAT 69 o una habitación mal ventilada se empeña en compartir conmigo (“Rufo, que tienes que venir a recogerme, que vengo de la Mutua”). Más bien es por la constatación de que la lluvia fina siempre moja y, tras haber devorado el dietario del escritor, periodista y oftalmólogo (en este orden),  y a pesar de ello mi tío, Pedro Bosch, como él, también me he vuelto hipersensible a que me capen la perspectiva de un viaje sobre raíles con las intimidades del vecino.

Si algo me ha quedado claro tras leer el nuevo libro de mi Virgilio entre los agradecidos senderos del barcelonismo y antídoto en estos tiempos de tosca testosterona patria es que los móviles son su sopa mafaldera. Pero no es lo único.

Más bien, no tendría por dónde empezar a reseñar, agradecer, subrayar o valorar, completar, compartir o glosar, porque en su “Inventario de Perplejidades”  ha recogido justo los años que han sido el telón de fondo de mi experiencia profesional hasta ahora.

Queda lejos aquel 11 S, aunque muy vivo aún, al que me asomé tras haber terminado mis primeras prácticas en un medio, y todavía con los años universitarios por delante. Todavía rumio el mazazo del 11 M , que llegó cuando mi carrera tocaba a su fin y uno tenía todos los pájaros volando en la cabeza pero ninguno en la mano. Casi diez años de historia acelerada en la que repasamos mucha geografía: Azores, Irak, Afganistán, Londres, Madrid, Nueva York, con el mundo en la mano de los sospechosos habituales.

El dietario de Pedro (Bosch, aclaración necesaria), parece siempre contener la justa proporción de palos y zanahorias, con un tono tranquilo de activista del respeto (que no de tolerante pasivo), siempre abierto a todas las novedades (desafíos?) que han surgido como setas en su jardín intelectual. Puede que si Stuart Mill hubiera tenido dos perros también les hubiera llamado Woody y Allen, sin olvidar a la damisela canina Tronya.

No obstante, saca la pólvora por la puerta de atrás para disparar contra los nacionalismos asilvestrados, o los piropos para elogiar la llegada de la primavera en las mujeres (que los paisajes queden para los cursis)

Si la patria, como decía Marsillach se comparte a través de los libros (ya los firme Cela o Auster) y no de la tierra, la familia debería quedar unida más por lo que circula por las neuronas que por las arterias.

Habrá que esperar para este salto biológico. De momento, volveré este verano, como los anteriores, al refugio menorquín, donde coincidiremos en esas verdades como puños (como que antes que creyente, patriota o culé se es ciudadano),  que ha dedicado en la cubierta del libro a su primera nieta en camino, Inés. Y también le sacaré punta a su tono ligeramente apocalíptico cada vez que clava los pies ante el vértigo de los cambios de las costumbres sociales.

Saldré a su encuentro no sin cierta cautela, para evitar de momento la captación para su secta de los “noctífugos”, preparado porque sé donde me espera: “desarmado el ejército de las ideas, me traslado al ullastre”. Idó.

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1 comentario

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Una respuesta a “Bajo el ullastre

  1. Bob

    Teléfonos móviles rasgando el encerado, noctívagos amenazando el reposo del guerrero, ciberfachas pululando por la red, periodismo de trincheras, perros incestuosos, desmadre de corruptelas en Baleares (ojo al parche: Menorca is not Mallorca), Garzón al paredón …¡Sí, sí, sí, vamos al ullastre!

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