El cisne negro (y su hijo)

Nunca es tarde para caer en una nueva debilidad, siempre que la (suso)dicha sea buena. Aunque la que acabo de descubrir en mi fondo de armario intelectual no creo que haga perder la cabeza a ningún otro camarada de penas: la estadística. Sorpresa primero para mí, por ser precisamente una de las asignaturas que aún se cruzan en mi proyecto de convertirme en dictador de una microisla del Pacífico (¿para qué otro fin si no estudio Políticas?). Pero es que esta damisela tan fría y estirada es la nueva reina de la realidad. No, lo siento amigos freudianos, ya no es el sexo, a pesar de que todavía el empuje de nuestros insintos sea capaz de arrastrarnos a la sucia charca. Tampoco es la economía, para dolor de todos aquellos marxistas que se quitan las polillas en el armario. Es la estadística la que divide y vence en los despachos y en las aceras. Sus gurús ofrecen datos y porcentajes tan palpables para políticos y empresarios que sólo les queda la opción de seguir sus pasos, aunque ello implique invadir Polonia con Wagner y toda la fanfarria de la Werchmart. El pepero Arriaga es el mago de Oz de las cifras en nuestro circo nacional, mientras que otros portavoces de la mercadotecnia política y social son los chamanes más visitados en Washington y su rastro también se huele en Bruselas.

Madame Ashton, la jefa de la diplomacia europea, el otro día echó un buen vistazo al catequismo de las cifras para pintarnos un futuro lleno de rayos y truenos: la población europea representa el 7% del planeta, cuando hace un siglo era el 25%. En los últimos 60 años, nuestro PIB ha pasado de representar el 28% al 21% mundial, con las economías de China e India creciendo al 10%, cuando Europa lo hará (y todavía le costará) al 2%.

Con tanto nubarrón en nuestro horizone estadístico, me he hecho feligrés de la parroquia estadística para ver si así hay redención para mí, y me he inscrito en la página de Gallup, el gran cerebro estadístico mundial. Debemos darnos cuenta de que los números, como el tamaño, aunque nos duela, importa. A veces nos puede sorprender, como el hecho de que las primas a los empresarios en Wall Street hayan aumentado un 17% en 2009 respecto al año anterior, a pesar de la crisis. O que, en apenas cinco años, los fumadores de marihuana se hayan multiplicado por cinco hasta el 5,1% en la generación de los babyboomers, que ahora tienen entre 55-59%.

Uno tiene también sus estadísticas, como que el 86% de las personas que llevan barba, abrigo largo y sombrero en Bruselas son buenos amigos de la bebida. El otro día vi a un gigante con sombrero de posadero, abrigo de basurero y barba de ermitaño, pero con bebé en brazos. Con más pinta de ballenero que de papá coraje, este cisne negro fue un severo golpe para mi naciente fe por la estadística. Así que mi devoción ya se ha alejado de la ortodoxia y cada vez que una cifra me dice algo espero el ejemplo carnal para que afirme lo contrario. Serán las cosas del dogma.

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