La vida a quemarropa

No hace falta pasar muchos años con los pies en la tierra para saber que no existe la inocencia, sólo diferentes grados de culpabilidad. Que tampoco hay hueco para los rellanos y los tiempos muertos, y que casi todo es una escalera, generalmente hacia abajo. Y con cada paso que damos, más difícil es volver al peldaño anterior. No hay más redención que esperar llegar a la tumba con el crédito suficiente, de aquel que nos dieron con el pan al nacer, para no pasar una eternidad entre las llamas con Billy Crystal.

Guardamos tanta mierda debajo de todas las alfombras que, en lugar de limpiarla, resulta más fácil comprar una nueva en Ikea cuando el tiempo, y los vicios, las dejan chorretosas. Hace poco, un eurodiputado ‘popular’ nos dijo en una cena con algunos periodistas que los bancos nunca revelaron sus fondos dañados por la crisis, ni las autoridades presionaron lo suficiente, porque sabían que si no el sistema mundial hubiera colapsado totalmente.

¿En qué mundo, si no en éste, podría quedar dañada la relación entre dos países por llamar a la ejecución de 1,5 millones de personas genocidio? Pero los turcos no se andan últimamente con rodeos, y no les importa salir mal en la foto retirando a su embajador de Washington tras el voto en EEUU, con el que los americanos condenan la matanza de armenios. La masacre fue hace un siglo, y aunque nunca es tarde para actuar de manera correcta, en algunos casos sirve de poco cuando nos pasamos tanto tiempo evitando llamar a las cosas por su nombre. ¿O es que ya hemos olvidado cómo vimos en directo el genocidio de Ruanda porque EEUU, y otros países ,se resistían a llamarlo como tal para no intervenir?

No tenemos que viajar en el tiempo, ni en el espacio, para ver que no sólo huele a podrido en Dinamarca. ¿Cómo entender que una persona tenga que morir por querer más democracia, cuando lo defiende de manera pacífica y encima entre los barrotes? Puede que la única manera de ser conscientes de la gravedad es repitiendo una y otra vez esta frase. Pero por mucho que leamos una y otra vez cómo reaccionó Zapatero a la muerte de Orlando Zapata no lo entenderemos. ¿Cómo es posible que dé un discurso sobre la pena capital y no tenga el valor de mencionar la muerte del preso cubano? Fue un vacío que llenó portadas, tan evidente que los spin doctors de La Moncloa se esforzaron por pescar entre las líneas del discurso referencias (invisibles) a la muerte de Zapata.

Tuvimos que esperar hasta que la UE abrió la boca para pronunciarnos en la misma dirección, pidiendo la libertad de los presos políticos, porque quedarnos de nuevo con cara de póker, en este semestre de nuestra presidencia europea, hubiera sido tan ridículo como vestirnos de toreros para una comunión (y que conste que esto no es un apoyo aguirrista a la Fiesta Nacional).

Y después de todo esto, ¿qué es lo que nos permite mirar adelante y seguir remando? Algunos se consolarán resignándose a no entender el sentido de humor de Dios, del Universo o de los mortales. Otros pensarán que la vida es demasiado corta para vivir cabreado. El que escribe, tan profundo como un dedal, se reconforta pensando que es viernes, y que hay un fin de semana por delante porque, como nos decía Tarantino en el opening de “Amor a quemarropa” “that’s the way it goes… but sometimes it goes in the other way too”.

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1 comentario

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Una respuesta a “La vida a quemarropa

  1. Muy buena entrada y muy buena cita final.

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