El mercado de la carne

Pocas verdades tan grandes como aquella que dice que las cosas no son lo que parecen. ¿Quién podría esperar, como vi el otro día, que una señora de la limpieza del Consejo leyera una de las conclusiones de los ministros de Interior, sobre su carro y en uno de los ratos de su descanso? Buena manera de poner en práctica la mejor de las recomendaciones: empieza en el momento presente a preparar tu siguente paso. ¿Será por eso que ayer el enorme hispano de gabardina oscura ya no tocaba los gypsie kings a la salida del metro, y cambió las cuerdas por una armónica?

Pero si hay un lugar bien dado al juego de los espejos, la zona cero de las apariencias en Bruselas, es la Plaza de Luxemburgo, también conocida como el mercado de la carne. Allí estaba ayer, en este nudo de bares donde se apiñan eurócratas, lobistas, asistentes y algún eurodiputado, enfrente del enorme complejo del Parlamento Europeo. Sentado en un bar, con un grupo de amigos formado por un abogado sin apetito para las leyes reconvertido en hambriento Hearst para la compra de medios; un profesor hasta hace poco enemigo de romper el aristotelómetro apartándose de la recta virtud, ahora lleno de propuestas para ir de bares y discotecas alrededor de Europa, antes de irse a Singapur en agosto.

Ya sea por el calor del amor en un bar (como el de Gabinete… pero con más dinero y preponderancia), por las ganas de lucir un puesto mejor en la acreditación, el mercado de la carne funciona siempre a pleno rendimiento, en las mesas, entre las estufas que colocan en el exterior durante el invierno, o en la barra. Cornudos que sacan pecho creyéndose que son toreros, dispuestos a cortar orejas esa noche para salir por la puerta grande. Asistentes que hablan, pero no piensan, como si fueran los padres fundadores no sólo de la UE, sino de la Democracia. Cazadores cazados, periodistas que son verdaderos poetas y otros a los que la lírica sólo les llega en el baño, o en la cama.

Como una ola, por poner un toque folclórico, unos y otros pasan, sin saber muy bien si tiran algun castillo de arena en la costa o si la huella que dejan es alguna multa sin pagar. Bueno para los lobos esteparios o malo para los que se atan a cualquiera que les dedique un momento, es lo que pasa con Bruselas, y con otras ciudades de paso, donde la apariencia es la reina de las divisas en un mercado con tanto movimiento. Cada uno prepara, a su manera, su siguiente paso. También el que escribe, tan sólo seguro de estar más cerca del ser que de la nada (por poner un toque ahora sartreriano), y de que lo único que permanece es el botellín de agua en los largos días de resaca.

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1 comentario

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Una respuesta a “El mercado de la carne

  1. Ooooooooooooooooh

    (voz de Antonio Gala): “Podrá Valero no ser poetaaaaa, pero, ayyyyyy, las musas también le rinden pleitesíaaaaa” 😀 Una semblanza magistral de esa jungla, colega. A sus pies (que no de rodillas, eh). Te enlazo en mi lugar, por haberme puesto tan tierno, jaj

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