Despilfarro contra la crisis

Tras casi naufragar la semana pasada en medio de una oleada ministerial (una decena de miembros de la guardia pretoriana de nuestro Gobierno pasó por Bruselas), unido a la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, cumbre de la OTAN, etc, etc… volvemos a las buenas costumbres blogeras. Y, para liberarme de mis pecados, hablaré de las faltas de otros, que siempre viene bien para blanquear la conciencia.

¿Y qué mejor diana que la propia UE? No me llamen abusón por meterme con el niño al que todos le dan cates, porque este convencido de las bondades de la vida en común europea siempre es el primero en quitarse la chaqueta para repartir tortas (verbales) por la Vieja Dama. Pero de vez en cuando, por higiene mental, hay que desahogarse y despotricar un poco de los fallos de esta UE.

¿Por dónde empezar? Pues como decía el sobreactor (no por lo bueno que es sino por lo que exagera) Tom Cruise: show me the money. La UE es una gigantesca hucha, en la que los fondos de Cohesión y de Agricultura representan más de las dos terceras partes de los 120.000 millones de euros que tiene Europa para gastar. Pero este dinero que cada uno ponemos de nuestro bolsillo no siempre es mano de santo para producir milagros como la resurrección de la economía española, o reducir las desigualdades con los países del Este.

Últimamente, hemos visto que las subvenciones europeas han servido para abrir un pub irlandés en Gibraltar, para impulsar una agencia de eventos de una antigua Miss Sevilla o para reproducir unas fallas en el corazón de Gran Bretaña (http://www.larazon.es/hemeroteca/un-pub-en-gibraltar-fallas-en-gran-bretana-y-un-coto-de-caza-asi-desperdicia-la-ue-sus-fondos). La Comisión se justifica diciendo que estas asignaciones crean empleos y vigorizan sectores importantes como la Cultura y el Turismo. Pero estoy seguro de que existen otros proyectos que también sirven para lo mismo y, al mismo tiempo, mejoran las destartaladas carreteras secundarias italianas, construyen líneas de metro en capitales del Este o ayuda a una granja de productos orgánicos en Francia.

Será que el atino en el reparto del dinero no es una de las habilidades más frecuentes en la Unión, empezando por la propia Comisión Europea. Ahora mismo, el que les escribe se encuentra en la sala de prensa del Ejecutivo comunitario, un punto medio entre un búnker de los 70 y un taller chino listo para coser balones de Nike. Los ordenadores fijos son un lujo (sólo hay cuatro para 80 sillas), al igual que la luz natural. Eso si, recientemente la Comisión reformó de arriba abajo la sala donde ofrece las ruedas de prensa, porque se debe dar buena imagen al mundo, y colocó una pantalla más apropiada para estrenos de Hollywood que sólo utiliza una vez al mes.

“Andamos muy mal de presupuesto, tanto que cuando tenemos una rueda de prensa sólo podemos poner botellín de agua al comisario, y al portavoz le tenemos que dar un vaso del grifo”, me dijo el encargado en la Comisión cuando le sugerí que se trabajaría mejor en un gulag. Eso sí, existe en la Comisión un departamento, con 20 personas, dedicado a leerse cada día la prensa y recortar las noticias que les mencionan. No seré yo el que lamente que la Comisión esté pasando una mala adolescencia y se preocupe demasiado por la imagen (pantallas de cine) y el qué dirán (press clipping), pero a veces es bueno dedicar algo de tiempo (y dinero) a lo que verdaderamente importa.

Desgraciadamente no siempre sucede en Bruselas. Un ejemplo más: tras ocho años de reformas institucionales y de andar de acá para allá con el Tratado de Lisboa, finalmente ha entrado en vigor. Se han trazado las grandes líneas, pero ahora que lo tienen entre las manos, se han dado cuenta que le falta concreción y no se ha previsto nada de su impacto en equipos, organización, presupuesto… Y el diablo se ha escapado de los detalles. Entre otras cosas, la Comisión y los países se tiran la cuenta a la cara para ver quién paga al nuevo y potente servicio diplomático europeo.

Normal, porque en tiempos de crisis uno se debe apretar el cinturón, por lo que es comprensible que la Comisión no quiera mantener a los nuevos embajadores de la UE. Aunque se entiende, o al menos ellos lo hacen, que eso no quita para una subidita de sueldo antes de Navidad, de casi un 4%. “Es así por procedimiento, está en el reglamento” justificó de manera mecánica una portavoz comunitaria. Cuando la crisis ha llevado a que los países congelen los salarios de sus funcionarios o los recorte, en la cabeza de los eurócratas no hay lugar para dar ejemplo normal. Menos mal, como decían los hermanos mayores, que la adolescencia pasa.

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