El muro que tiramos

Esta semana, el champán ha corrido y el confeti ha volado en Bruselas, porque el terco de Vaclav Klaus finalmente ha firmado el tan mencionado Tratado de Lisboa. Tras ocho años en los que la UE se ha dedicado a quitarse la pelusilla  del ombligo, por fin tenemos lo que está llamado a ser la cura de la euroesclerosis. Está por ver hasta qué punto nos va a servir esta viagra institucional y cómo afectará-mejorará la vida de vosotros, de mi o de Chema el panadero (porque de eso se trata todo esto ¿no?).

Pero aunque éste ha sido el punto de interés de los últimos siete días, quiero hablar de otra cosa, así de puñeteros somos los plumillas.

De hecho, por seguir con el ombliguismo, hablaré de nosotros, los periodistas. No se asusten, que no les voy a robar el pañuelo para llorar sobre las penurias que restringen nuestra buena labor, para eso ya tenemos los artículos de la genial Milagros Pérez Oliva en El País. Tampoco me voy a tumbar en el diván para lanzar grandes ideas sobre el futuro de la profesión y sus desafíos, ya que siempre he preferido hablar más de las personas que del oficio, pues aunque parezca ridículo recordarlo, no hay periodismo sin periodistas, que es tanto o tampoco como lo que hacemos cada día con nuestro trabajo.

De nuestra labor, nuestra principal herramienta, y responsabilidad, es preguntar. Y, como decía mi profesor de universidad de Historia Universal, no nos debemos interrogar sobre el cómo, sino sobre el por qué. Este interrogante ha desaparecido casi por completo de las ruedas de prensa actuales, en las que en muy pocas ocasiones nosotros, los periodistas, llegamos a pinchar hueso y nos quedamos sobrevolando sobre la superficie, para satisfacción de las insípidas palabras de los portavoces institucionales.

Si creen que no puede cambiar tanto que un periodista tenga el carácter y el tino necesario para realizar la pregunta apropiada en el momento justo les contaré una pequeña historia, por eso de que siempre me han gustado las parábolas.

Si la tarde noche del 9 de noviembre de 1989, en la sala del Centro Internacional de Prensa de Berlín Oriental, los periodistas, ya fuera por pereza, porque estaban deseando irse a casa o pensando en la discusión con su mujer no hubieran preguntado como lo hicieron el muro de Berlín no hubiera caído aquella noche, ni tampoco en los días (¿semanas?) siguientes.

El pasado julio leí un artículo en la revista Time sobre lo sucedido aquella tarde de la corresponsal en aquel momento del diario británico Times, Anne McElvoy, y me puso la piel de gallina. Así que la localicé y me contó por teléfono desde Londres aquel momento que cambió la Historia contemporánea.

Aquel día circulaba un rumor entre los corresponsales sobre la nueva ley de viajes, que en la práctica implicaría que los alemanes de la RDA pudieran abandonar legalmente el país (cientos de miles de ellos ya lo hacían a través de Hungría). El portavoz de la Alemania comunista, un tipo llamado Schabowski, que vivía con su loro en un pequeño apartamento, tomó la palabra en la rueda de prensa. Poco antes de las 7 pm, un corresponsal italiano le preguntó sobre el nuevo permiso de viajes. Schabowski leyó la orden mediante la cual el Politburó permitía a los alemanes del Este abandonar la RDA. Las visas se expedirían sin retraso.

“Recuerdo perfectamente que entonces Peter Brinkmann, del Bild Zeitung, preguntó si estos permisos se aplicarían también para Berlín del Este, y cuándo entraría en vigor la nueva ley”, cuenta McElvoy.

Schabowski, entonces echó otro vistazo al papel, y volvió a leer la primera frase: «De inmediato entra en vigor la siguiente regulación…». “Ab sofort” (Inmediatamente), dijo. El ministro que estaba a su lado le chivó que era una decisión política, pero ya era tarde. “Entonces, Daniel Johnson, que trabajaba para el Daily Telegraph, y estaba sentado a mi lado, preguntó que pasaría con el muro”, añade McElvoy. La periodista británica recuerda perfectamente su respuesta. “La permeabilidad del muro de nuestro lado no resuelve todavía y en exclusiva la cuestión de la frontera fortificada de la RDA”, dijo con una respuesta que parecía más propia de Lewis Carroll. “No sabían que hacer, no eran conscientes de lo que decían”, me repitió.

Schabowski terminó rápido con la rueda de prensa y “nos quedamos todos confusos, pero conscientes de que el muro había caído”.

McElvoy me dijo riéndose cuando le llamé que después, aquella misma noche, cuando las excavadoras ya habían empezado a picar el muro, se encontró con Schabowski. El portavoz le reconoció que ese “inmediatamente” fue un patinazo de la lengua, que cuando dijo eso se refería a que los berlineses podrían hacer fila y solicitar sus visados, que serían concedidos sin contratiempos.

Pero era tarde, Schabowski tropezó gracias al empujón de los periodistas, y se llevó por delante la Historia. Por días como ese los sueldos miserables de los periodistas, el intrusismo profesional, los horarios esclavistas o el desprestigio público quedan como pequeñas barreras, porque muros más fuertes han caído.

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