Hamlet y Asterix

Palabras, palabras, palabras. El príncipe danés más famoso de la literatura no hubiera encontrado mejor lugar que los corrillos de Bruselas para hacer su reflexión. La rumorología es la madre de todas las ciencias en la capital comunitaria. Y en este periodo de excepción preinvernal se ha convertido casi en un pasatiempo más habitual que los sudokus para periodistas, y también los políticos.

El Tratado de Lisboa crea dos nuevos cargos: en nuevo jefe de la diplomacia europea (que realmente será un “jefe de la diplomacia” y no un mensajero-negociador como lo era hasta ahora Solana) y un presidente permanente del Consejo Europeo, es decir, una cara visible que liderará las, al menos, cuatro reuniones anuales que mantienen los jefes de Gobierno de los Estados Miembros. Además, la Comisión termina su mandato en apenas dos semanas, por lo que su presidente, José Manuel Duráo Barroso, tendrá que repartir carteras entre los enviados de las capitales (hasta ahora sólo una decena de países han elegido a sus candidatos para comisarios, entre ellos Almunia).

Pero en Bruselas si algo puede ir lento, y mal, así será. Esta fuerza del destino tiene en este caso nombre y apellidos: Vaclav Klaus. El presidente checo, ya bautizado por los euroescépticos como Astérix, al ver en él a su héroe impermeable, resiste la tromba de todas las capitales e instituciones comunitarias para que firme el Tratado de Lisboa que ya todos los países han aprobado (incluyendo el suyo). Tras ocho años de reforma institucional, con momentos tan dolorosos como los dos rechazos constitucionales y el referéndum irlandés, los europeos han llegado con la lengua fuera y cuando ya veían la línea de meta se han encontrado con un personaje imprevisible, capaz de llevar dos veces el tratado al Tribunal Constitucional y de recuperar fantasmas de la Segunda Guerra Mundial para dilatar la ratificación.

Así que en este “vivo sin vivir en mí” se encuentra la bella (y envejecida por tanto disgusto) Europa, esta vez raptada no por un vigoroso toro blanco sino por los caprichos de un abuelete que se niega a colgar la bandera europea en su castillo presidencial de Praga. Y con esta incertidumbre nadie abre, de manera formal, las negociaciones para la gran pedrea de altos cargos. El que más se está mordiendo las uñas es Tony Blair, el más nombrado para presidir a los Veintisiete, aunque la lista de ‘peros’ y de opositores es más larga que la de virtudes y defensores.

La semana que viene se despejarán muchas de las incógnitas, y sabremos si la justicia checa tumba los delirios del Klaus y si los líderes europeos empiezan ya a acordar un nombre. EL objetivo es que Europa hable con una única voz en el exterior, y para que se escuche se reforzarán los poderes de este nuevo portavoz. Se terminará así con la polifonía de las llamadas troikas, que formaban la comisaria de Relaciones Exteriores, el ministro de Exteriores de la presidencia de turno y el Alto Representante. Sin embargo, este “todos para uno” parece difícil que se vaya a convertir en un uno para los Veintisiete, porque seguramente nos encontraremos con otra nueva troika: presidente del Consejo Europeo, jefe de la diplomacia europea y presidente de la Comisión Europea. Pero bueno, de momento son sólo palabras, palabras, palabras.

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