Mi patria es la cerveza

La tierra tira, y sobre todo cuando la masa corporal (por el tamaño de la cabeza) es considerable. Por eso, si uno es maño (aunque sólo sea de nacimiento) y le toca celebrar el 12 de octubre, “la Pilarica”, lejos de los adoquines de la basílica, lo mejor es programarse un buen día de uniformes y banderas para hinchar el pecho con el orgullo patrio, perdón, quiero decir maño.

Ante la fiesta nacional hay que cuadrarse, así que para coger las buenas maneras de cómo saludar a la bandera nada mejor que un almuerzo en la residencia del embajador español ante la OTAN. Si alguien sabe algo de militares en Bruselas ese es nuestro representante ante la Alianza militar más poderosa. Cinco periodistas a la mesa de su salón, y el embajador Carlos Miranda, entre sorbo y sorbo de rioja, justificando que su mansión con piscina y servicio “no está tan mal, aunque prefería la que tenía cuando era embajador en Londres”. Por cortesía no puse los lujos y pecados que escondo en mi palacete, en el que sufro cortes de radiador (eso es una crisis del gas y no la de los ucranianos), y en el que la rotura de varios tablones de mi somier han hundido a mi cama en el  naufragio.

Muchos minutos para sus anécdotas y pocos para la información. Pero el rato de charla deja algunas joyas como que “quizás estemos entrenando y armando ahora a un ejército en Afganistán que dentro de unos años dará un golpe de Estado en el país”. De hecho esto es más probable que el presidente del país, Hamid Karzai, un “chungo” de los de toda la vida, gane el premio Nobel de la Paz. Pero bueno, ahora quién sabe.

La comida termina y toca la siguiente parada: recepción en la Embajada de España ante Bélgica (porque nuestro país, como el resto de capitales, tiene tres embajadores en Bruselas: ante Bélgica, ante la UE, y ante la OTAN). Recepción con besamanos y yo, que las prisas me habían comido el tiempo de la tarde, aterrizo como un paracaidista en medio de la jungla, sin saber quién de los tres hombres que reciben perfectamente alineados (con sus respectivas) es el embajador. Así que, ante la duda…pues nombre y rango, perdón, cargo a todos, y ellos con una cara como si acabaran de ver a un astronauta en una plaza de toros.

Pasado el saludo, a la fiesta, una mezcla de las recepciones de Isabel Preysler con el toque de caspa de un cotillón de cincuentones. Y, como no podría ser de otra manera, uniformes, muchos uniformes. Como me he ido de casa del embajador Miranda sin haber mimetizado el protocolo militar, paso el tiempo revolviéndome entre los míos, los plumillas, y otros satélites de nuestro universo civil (funcionarios europeos, españoles, consejeros…). A falta de Ferrero Rocher en la casa del embajador me lanzo a por las albóndigas, por eso de que también son redondas. Y con varias pelotas atascadas en el gaznate la cabeza empieza a divagar sobre el sentido de la patria. Sin llegar a los extremos del Bogart de Casablanca, que llevaba ser “borracho” por bandera, tras pasar por tantas de nuestras “casas nacionales” a lo largo del día en las que me sentía un extranjero, llego a la conclusión de que es, en definitiva, donde uno tiene algún camarada para tomarse una cerveza. Que por algo estamos en Bélgica.

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