El horno está para otros bollos

Hoy empezaba el día lleno de energía y, como decía mi abuelo, “echao pa’ lante”. Tras un buena jornada de trabajo la víspera, y satisfecho con los resultados, dejé en el “horno” una buena pieza con todos los ingredientes para alimentar bien el ego que todo plumilla tiene que cubrir. Qué se le va a hacer, los drogadictos quieren su dosis, las madres cuidan a sus hijos y nosotros, a medio camino, mimamos nuestras historias y también las necesitamos para apuntalar nuestra autoestima de cortesanas de la información. Pero, como sucede algunas veces cuando uno abre el horno, los bollos no han sido los esperados. Como no me quiero alargar más de lo necesario, ni que “se me caliente la boca” (como dicen los ‘perros ladradores…’), lo dejaremos aquí de momento con puntos suspensivos para continuar otro día.

Y para volver a ponerme las gafas de color de rosa hablaré de algunos hombres buenos, (no es mi culpa que sea el título de una película). La calidez y cercanía de algunas personas sorprende en algunas ocasiones tanto que supone un brusco golpetazo a eso que los que saben de esto llaman inteligencia emocional. Rompen las costuras de los formalismos de su cargo y se saltan el protocolo rimbombante de su círculo más cercano para realmente hablar y contar una vida, una experiencia o unas preocupaciones. Hablan, charlan, con tal sinceridad que se debe estar a la altura para no ser uno el que ponga los hielos a la conversación y haga del encuentro un intercambio aséptico de verborrea.

La semana pasada tuve una de estas entrevistas con el nuevo presidente del Parlamento Europeo, Jerzy Buzek. Este antiguo profesor de universidad no se agarra al rol de su cargo, del que un recuerdo tan robótico había dejado su predecesor, el alemán Hans-Gert Pöttering. Por el contrario, responde como hablaría con su familia en una sobremesa de Navidad. Convencido, aunque todavía verde en los temas que no conoce, por lo que tiene que mirar las notas que le han preparado sus asesores más de una vez. Uno se olvida de esto, porque la formación y los contenidos pueden llegar. Más difícil de construir es el embase que se tiene que rellenar, y el polaco tiene uno bueno, con una humildad que sorprende a los miembros de su equipo, quienes me dicen que se baja del burro cada dos por tres para reconocer que no domina un tema y pedirles ayuda. Pero el polaco, que es el primer presidente de la Eurocámara procedente de un país del Este, también muestra una valentía que rompe lo políticamente correcto y habla de lo que a veces los que comparten estrado con él no esperan, como esta semana probaron los checos y Aznar.

Lo mismo se puede decir de nuestro arquitecto más internacional, Santiago Calatrava. Uno, y muchos (como así me lo comentan) esperarían encontrar a un hombre a dos palmos de la superficie que compartimos los mortales. Tampoco ayuda que su círculo de colaboradores, formado por figurines más dados a vender crecepelos o aduladores que mecen con su acento, traten al propio Calatrava como si fuera el mismísimo arquitecto del Universo. Sin embargo, tan pronto como abre la boca uno recibe todo lo contrario. Puede que el aluvión de críticas le haya bajado a la realidad. Sea como fuere, es una persona que vive sus proyectos con un entusiasmo contagioso, tanto que te obliga a levantarte del asiento y a acompañarle. En Lieja, me enseñó su nueva estación de tren, que fue una excusa para hablar de su vida y milagros de su carrera. Me cuenta desde su periodo en los escolapios y no evita hablar de sus proyectos polémicos como el puente de Venecia. “Ellos pueden criticar, pero yo sigo siendo un italofilo convencido”, dice sin el menor rastro de rencor. Aunque los arquitectos-estrella pueda parecer que tienen una buena panza de autosatisfacción que alimentar, el valenciano se contenta con muy pocos bocados. Una buena lección que aprender para la próxima vez que nuestro apetito no se encuentre con los bollos esperados cuando abramos el horno porque, al fin y al cabo, todo alimenta.

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