Nosotros, el pueblo…

(Éste es el post invitado de hoy, de Joanna Kowalska-Iszkowska, corresponsal de la edición polaca de Newsweek. Una gran periodista que rasga para nosotros la superficie de lo que puede haber detrás de los criticados irlandeses por su rechazo al Tratado de Lisboa. Su texto en inglés en la sección Versión Original).

Permítanme comenzar con una declaración atrevida. Soy una gran fan de la integración Europea y una defensora incondicional del Tratado de Lisboa. La semana pasada estuve en Irlanda durante unos pocos días y regresé bastante deprimida. La razón no es que los irlandeses vayan a votar “no” en el segundo referéndum, programado para el 2 de octubre, sino más bien porque van a decir “sí”. Los irlandeses están en mala forma. Su economía se hundió el 8,5% durante el primer trimestre de este año, prácticamente en todas las familias alguien ha perdido el empleo, e incluso algunos se han quedado sin casas. Lo peor está por llegar. La gente teme al futuro.

Y, si no fuera suficiente, aquí viene Europa. El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, advirtió recientemente que los inversores extranjeros podrían pensar que los irlandeses están dejando Europa si dicen “no” a Lisboa. El gobierno de Dublín repite una y otra vez que el “no” costará a Irlanda muchos trabajos. Las amenazas sobre la posibilidad de que Irlanda pierda su comisario en Bruselas son tan frecuentes que ya nadie presta atención.

Los irlandeses sienten que están siendo intimidados. Hay mucho resquemor en el aire. “¿Qué parte de nuestro “no” Europa no entiende?, me dijo un estudiante con el que hablé. “Cuando los franceses rechazaron la Consitución nadie pensó en un segundo referéndum. Los políticos saben que cuando los franceses se enfadan tienden a guillotinar a sus líderes. Nosotros no”, añade.

Toda la gente del “no” con los que hablé insisten en que no están en contra de Europa, simplemente sienten que este tratado va demasiado lejos. Después de percibir este enorme distanciamiento entre la gente de la calle y las élites de Bruselas me empecé a preguntar de qué manera los políticos pueden imponer las ideas y proyectos a la gente. ¿Podría haber ido la integración europea tan lejos si se hubiera consultado en todo momento a la ciudadanía? Probablemente no.

En 2007, Valery Giscard d’Estaing, un ex presidente francés y uno de los padres fundadores del proyecto de Constitución rechazado, indicó cínicamente en una entrevista en Le Monde: “La opinión pública será llevada a adoptar, sin que sea consciente, las propuestas que no nos atreveremos presentarles directamente”. Creo que estaba equivocado. No sólo porque los irlandeses no fueron conducidos a la adopción del tratado como estaba previsto. Al menos hasta ahora. Las cosas están peor.

Los irlandeses puede que no comprendan totalmente  la jerga burocrática del Tratado de Lisboa, pero ven lo que está sucediendo. En este momento puede que simplemente no quieran más integración. Lo que lo hace más problemático es que no están solos. Uno de los pósters que vi en la calle decía: “El 95% de los europeos votaría “no”’. En una cita conocida por infame, al menos en los entornos de Bruselas, el comisario irlandés Charlie McCreevy admitió públicamente que no se había leído el Tratado de Lisboa entero. Añadió que nadie en su “sano” juicio lo haría. Conocí a irlandeses que se lo leyeron entero. Y votarán que sí no por los méritos del tratado, sino más bien porque tienen miedo.

“Nada es más despreciable que el respeto basado en el miedo”, Albert Camus.

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