En casa de los malos de la película

La mayor parte de la mitología que rumiamos de mayores la metemos al buche durante la infancia. Por eso, acostumbrado a ver en las películas a los rusos rodeados de luces rojas en claustrofóbicos submarinos, presentados con picados de cámara como si fueran la misma expresión del mal, siempre preocupados por hacer saltar el mundo por los aires, es decir, el planeta americano, esperaba poco menos que un descenso a los infiernos cuando visité esta semana la embajada rusa. El objetivo: una entrevista con el embajador de Moscú en la OTAN, algo así como el malo malísimo, quien esperaba que me recibiese de espaldas, en un enorme sofá de cuero, mientras acariciaba un gato y me saludaba con la tonadilla de los malvados: “el señor Bond (quiero decir, Valero), supongo”.

Pero, como la mitología es escarcha invernal destinada a fundirse bajo los rayos de la realidad, no fue mucho el tiempo que pasó antes de que destruyera el arquetipo que tan cuidadosamente había construido durante dos décadas con películas de sobremesa. Mientras esperaba a que bajase me dedico a estudiar la embajada, que me deja un cierto regustillo a mi colegio de monjas, con pasillos forrados de mármol y paredes desnudas, enormes plantas que cogen polvo en las esquinas y radiadores descomunales que pierden más agua en invierno que las cataratas del Niágara. Sólo faltaba la imagen momificada de madre Paula Montal para haber viajado de nuevo bajo las faldas de las Escolapias.

Finalmente llega, y tan pronto como aparece la imagen del mal se vuelve gaseosa. El embajador, es decir Dmitri Rogozin, no llega entre olores a azufre ni es un rubio con los rasgos pulidos por las severas estepas de Siberia, con un traje encajado con calzador y la mirada de acero. En su lugar, me encuentro a un tipo con más pinta de aldeano vasco, grande pero campechano, con su ropa sacada de las estanterías de Springfield y más apropiado para aparecer entre los olores del sarmiento churruscado.

Me aprieta la mano con firmeza, me dedica una sonrisa como si fuera su compañero de la cuadrilla de Donosti y me saluda con un perfecto español por mi nombre. Nos sentamos y empezamos a hablar sobre el nuevo secretario general de la OTAN, sus relaciones con EEUU, Afganistán, Ucrania, el escudo antimisiles…

Traigo muchos temas para azuzarle, pero en seguida me doy cuenta que la entrevista va a ir para largo, porque Dmitri se dedica a aclarar y contextuar sus respuestas con chistes, historietas personales y el refranero popular español (“el que no llora no mama”, me suelta en una parrafada en la lengua de Dostoievski). Además, a pesar de que habla inglés y español, para demostrar que la pericia demoníaca es más útil que la nobleza divina, responde en ruso para ganar tiempo y poder escuchar (y corregir) sus respuestas en boca del traductor.

Nos despedimos y casi se me escapa emplazarle a tomar unos pacharanes el fin de semana. Dejo la embajada, con el casting abierto para buscar nuevos candidatos para la plaza de malo malísimo que ha dejado vacante. Aunque  pensando, como también decían en las películas, que el mejor truco que jamás hizo el diablo fue hacer creer que nunca existió.

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3 comentarios

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3 Respuestas a “En casa de los malos de la película

  1. Vitor

    “Pero, como la mitología es escarcha invernal destinada a fundirse bajo los rayos de la realidad…”

    XD Muere

    Vas cogiéndole el puntillo a esto, hasta me he reído con la comparación del moscovita con el aldeano vasco.

  2. Superbicyclerepairman

    No entiendo…entonces…¿los vascos huelen a azufre? Euroexprésate!!!

  3. Jajaja. Y seguro que no te echó alguna droga ‘putiniana’ en el vodka y todo lo que recuerdas es producto de tu imaginación?

    Yo de ti me lo miraba. Un ruso vasco, dice. Cualquier vasco fostia al embajata éste, seguro. Y Chuck Norris no te digo na 😀

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