Archivo mensual: agosto 2009

Las Big Mac, ¿comida rápida?

(Termina el verano y el blog regresa a la normalidad. Aunque con algunas horas de retraso, los posts recuperan su ritmo habitual. Así que hoy toca revista de prensa.)

La vuelta al cole no sólo trae los corticoles debajo del brazo, sino también vuelve a llenar la panza de los trabajadores con comida basura. Seguramente cambiar las buenas sobremesas veraniegas por las pizzas congeladas, los kebabs y las hamburguesas no será la mejor manera de combatir el síndrome postvacacional, pero volver a coger el trabajo  por los cuernos requiere tanta energía que dejamos todo lo demás (excepto las cañas vespertinas) en ‘stand by’.

Y como trabajamos para comer, bueno es saber cuánto tiempo necesitamos calentar la silla de la oficina para llevarnos una Big Mac a la boca. El banco suizo UBS ha preparado un estudio en el que calcula los minutos de una jornada laboral que requiere la reina de las hamburguesas de McDonalds. Como no podría ser de otra manera, The Economist comenta el trabajo esta semana. El semanario inglés tiene en la Big Mac uno de sus instrumentos de análisis más jugosos. La revista ya elabora desde hace unos años el Big Mac Index, con el que compara el poder adquisitivo entre los distintos países.

La lista de UBS la encabeza Chicago, que por algo juega en casa, donde con apenas doce minutos uno ya se puede llevar la bomba calórica a la boca. Es el mismo tiempo que se necesita en Tokio y Toronto. Por el contrario, los trabajadores de Yakarta tienen que gastar riñón durante casi dos horas y 20 minutos, y en Nairobi deben currar más de dos horas y media para llevarse a la boca las raquíticas hamburguesas manchadas con mostaza. ¿Serán consideradas las Big Mac comida rápida también en estas ciudades?

Anuncios

1 comentario

Archivado bajo Revista Internet

El mal del verano (y no es la gripe A)

En el kiosco de Camy de la piscina, sobre la toalla de parchis en la playa, o en el Carrefour, gírese y mire a su alrededor, y verá cómo son muchos los que andan con los dientes fuera este agosto. Ya sea porque el sonido del Windows no se les va de la cabeza y el estrés les tensa el maxilar, por la tan manoseada crisis, o porque el aletargamiento hormonal invernal les hace merodear caninos, el calor llena el asfalto de bestias de todas las tallas y con todas las depilaciones. Y aunque el tópico dice que la música amansa a las fieras, el bálsamo se diluye cuando se trata del Sziget, el festival más grande de Europa, al que fui para estudiar con meticulosidad de biólogo, voluntad de seminarista y espíritu autodestructivo de estrella del rock la flora y la fauna que crece bajo los escenarios en medio de una isla del Danubio en Budapest.

¿Qué se vio allí a la sombra de los pinos? No fueron los pelos de María del Monte, pero si los de otros españoles como Muchachito Bombo Inferno o Ska-P (entre un largo etcétera como Faith no More, Off Spring, Fatboy Slim, Prodigy, Placebo, …). La música sólo era la cura, y a mí me interesaba más la enfermedad (por eso de la autodestrucción). Al final no fue la Gripe A lo que nos unió a todos, sino otro mal. Malik, un holandés del que su abuela diría que es un sol (sale y se pone… -afcorn dixit-), y sus amigos aportarían algunos de los síntomas. David y Diego, con los que uno disfrutó bebiendo (y bebiendo) y comentando con el ingenio y la rapidez de una línea de Twitter a las bandas, dejarían otras disfunciones en el genoma. Elsa y Marian, las variantes femeninas. Y como todo mal tiene su variante local, Kriszto y Timea aportarían la mutación nativa ¿Y qué saldría tras analizar todo este cuadro de muestras? Algo que llenaría las horas de discusión de John Cusack y sus compañeros en la tienda de discos de Alta Fidelidad. ¿Cuál es el cuadro típico de disfunciones que presenta el festivalero veraniego, capaz de mantener sus funciones vitales (comer, dormir y cagar) en las peores condiciones, como la más baturra de las bacterias?

Un secreto que no está escrito, y que tampoco quedará escrito ahora (siento la desilusión). Pero como no soy capaz de dejar a John Cusack con la palabra en la boca, le lleno con una lista toda merecedora de su personaje y que podría haber soltado en la película: las cosas que no se deberían ver en verano:

–          Cómo tratan los operarios del aeropuerto tus maletas,

–          cómo preparan tu comida en un minúsculo restaurante local “con encanto” ,

–          cómo arrojan sus pecados al mar los turistas que navegan en los ostentosos yates en las calas en las que también nadas,

–          desde luego, los regalos que te dejan tus predecesores en las letrinas, atascadas por el papel,

–          y por último, cómo pasan los días y, con pena y sin gloria, van terminando las vacaciones, lo que a uno le deja con la boca abierta y los dientes fuera…

1 comentario

Archivado bajo Post propios

Baile de verano con el destino

(Éste es el post que debería haber colgado el viernes pero que, debido a los viajes, no pude escribir. Aquí va. Hasta el viernes que viene!)

Cuando uno ya ha empezado a desmigar los primeros días de vacaciones, resulta complicado llenar el pensamiento con viejas penas o nuevas preocupaciones. Sobre todo si se llega a la meta volante estival con la lengua fuera por culpa de los últimos meses en Bruselas (presidencia francesa y checa de la UE, elecciones europeas, crisis económica…); y se espera arrugado lo que asoma detrás de la esquina de septiembre (primeras sesiones de la nueva Eurocámara, segundo referéndum en Irlanda sobre el Tratado de Lisboa, nueva Comisión, culebrón Barroso, presidencia española…). Pero eso es el futuro y, de momento, uno prefiere empezar a vivir, pensar y respirar (aunque sea por sólo unas semanas) como un bon vivant, agarrarse al carpe diem, desabrocharse la camisa como un gigoló italiano y, con la copa en la mano, hablar de éxitos de radio fórmula, fichajes del verano o, si hace falta, de los nuevos complementos de Paris Hilton.

He llegado a la madre de todos mis descansos veraniegos, Menorca. Pero antes la casualidad (o la sugerencia de un amigo) me picó para ver de nuevo a Bruce Springsteen sobre el escenario. Juro por todas sus guitarras que el pasado martes cuando escribí sobre la necesidad de contar con un trovador callejero como él en Europa, con su mentón de paleto y su camisa de hortera adolescente, no sabía que iba a romperme otra vez las palmas (de las manos y los pies) en uno de sus conciertos.

Tiempo habrá de rumiar en las playas insulares si la fortuna, bella bellaca, ha querido que me volviera a encontrar con el Boss, como quien necesita volver a la consulta del psiquiatra. Especialmente ahora, ya que el que escribe se encuentra en un momento especialmente sensible para toda esta mitología del destino, la fortuna y las casualidades, enredado en un baile de recompensas y castigos. Aunque suene a libro paranormal de bolsillo, compruebo que un paso en falso en la charca de lo miserable no queda sin su merecida colleja de las fuerzas cósmicas, las cuales también premian la valentía de la zancada en la dirección correcta.

El verano tensará todas mis cuerdas, y el capricho, o mi destino, se encargarán de ver si doy la nota o desafino en mis acordes vitales. Etapa importante para probar mi fibra (vital y musical) será Budapest, donde tras tostarme en las arenas menorquinas recalaré para darme el barnizado festivalero en el Sziget que todo postadolescente merece. Y de allí, bendecido por las musas más alcohólicas y canallas, a casa, donde terminan todos los viajes. Es el descanso del guerrero, entre olores a fritangas maternas , con la espada en un rincón y la mirada perdida, recordando las grandes (pero ya pasadas) historias veraniegas.

Por suerte, esto sólo ha comenzado, y uno no ha hecho más que ponerse las pinturas de guerra, listo para empezar la batalla.

3 comentarios

Archivado bajo Post propios