Save the last dance for me, Michael

Suenan las primeras notas de Thriller. Ese chillido melódico, y después ese ritmo acompasado, hipnótico. Y la reacción es la misma en los pubs del barrio europeo de Bruselas, en los bares del centro, frecuentados por turistas y estudiantes de Erasmus, o en los lounge de moda de las calles más alternativas. Las conversaciones se paran y alguien del grupo levanta una mano al aire, y dice “¡Michael!”, mientras los demás sonríen y algún intrépido se lanza la mano a la entrepierna o incluso se intenta deslizar para hacer el moonwalk. Y la misma reacción se verá en Madrid, Tokio, Buenos Aires o Trujillo.

Ser el rey del Pop te convierte en un personaje al que todo el mundo se acostumbra y que nadie piensa que pueda desaparecer. Un figurante habitual de la vida de todos, que siempre está ahí y que nunca cambia (por dentro…). Algo así como el tío de la familia que ves igual de pequeño que cuando creces en todas las comidas de Navidad. Pero Michael se ha ido. No ha habido comunicado de prensa por parte de las instituciones europeas lamentándolo (aunque seguro que algún portavoz tenía una nota preparada…). Aunque seguro que en los pasillos de la Comisión han intentado deslizar los pies, o más de uno escucha las notas de Billie Jean a todo volumen (¿se ha producido una canción más remezclada?) en los despachos del Parlamento Europeo. El shock fue tal para tantos que, según comenta The Economist en el número de esta semana, Amazon vendió más discos durante las 24 horas siguientes a su muerte que durante toda la pasada década.

Se ha escrito mucho estos días después de su muerte, y los comentaristas y frikis de todo pelo le han elogiado (o vapuleado) tanto que ya no queda línea del catequismo jacksoniano que no conozcamos (como recordó El País, pagó hasta un millón de euros para que Marlon Brando apareciese en un homenaje suyo). La comparación con su fantasía de Peter Pan ha sido ordeñada por todos, pero no tantos han recordado las malas pulgas que también gastó con su personal, familia o incluso amigos, como Paul McCartney. (véase En la Red)

Como todo está dicho, sólo quería salvar un brindis más por Michael, pues todos hemos intentado en la vida alguna vez caminar hacia atrás.

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